La velocidad de las hojas secas.
El otoño en Mendoza siempre tuvo ese color de final. Las hojas de los carolinos caen amarillas y pesadas; amontonándose en las acequias vacías de la calle Emilio Civit, esperando que alguien las pise o que el viento se las lleve a ninguna parte.
Caminábamos despacio, estirando el tiempo como si cada paso que dábamos hacia los Portones del Parque fuera un segundo menos que nos quedaba juntos. Hacía un frío seco, de esos que te parten los labios y te tiñen las mejillas de rojo. Clara llevaba las manos metidas en los bolsillos de su campera enorme.
Yo la miraba de reojo, tratando de memorizar la forma en que el sol de las cinco de la tarde, ese sol tibio que ya casi no calienta, le iluminaba el perfil.—Mi papá terminó de embalar los libros hoy —dijo de la nada. Su voz sonó chiquita, apagada por el ruido de un micro de la línea 100 que pasaba a lo lejos—. La casa ya no tiene olor a nosotros, Alan. Huele a cajas de cartón y a vacío.No supe qué decirle. Río Gallegos quedaba a casi tres mil kilómetros. Para dos chicos de diecisiete años sin un mango, esa distancia era el fin del mundo conocido. Era el equivalente a que se la llevaran a la Luna.
Nos sentamos en un banco de madera gastada, cerca del lago del Parque. El agua estaba quieta, gris, imitando el color de la cordillera que se borraba detrás de la bruma.
Clara sacó las manos de los bolsillos. Tenía los dedos congelados. Se los sopló para darles calor y, por primera vez en toda la tarde, me miró a los ojos.—¿Te vas a acordar de mí? —preguntó. No había reproche en su voz, solo una resignación que me dolió en el pecho como una aguja fría.—Todos los días —respondí, y la garganta se me cerró tanto que la frase casi no sale—. No hay forma de que me olvide de vos, Clara. Aunque pase un siglo.Ella sonrió, pero fue una sonrisa rota, de esas que se desarman antes de terminar de formarse. Se acercó un poco más y apoyó la cabeza en mi hombro.
Podía oler su perfume, esa mezcla de lavanda y ropa limpia que durante tres años había sido mi único refugio.»Es raro» —susurró, mirando cómo una sola hoja se desprendía de la rama más alta de un álamo, cayendo en espiral, lenta, inevitable—. «Dicen que las hojas caen a cinco centímetros por segundo. Me pregunto a qué velocidad nos vamos a olvidar nosotros. ¿Será igual de despacio? ¿O un día me voy a despertar en el sur y tu voz ya no va a sonar en mi cabeza?»No le respondí. No quería que me escuchara llorar. Me tragué las lágrimas hasta que me ardió el pecho, apretando los puños dentro de mis propios bolsillos para no cometer la locura de rogarle que se quedara.
Sabía que no dependía de ella. Sabía que éramos demasiado chicos para pelear contra las decisiones de los adultos, demasiado débiles frente al mapa gigante que se nos venía encima.Le tomé la mano. Estaba helada, pero cuando entrelazamos los dedos, el frío pareció desaparecer por un segundo.
Nos quedamos ahí, quietos, viendo cómo el sol se hundía detrás de los cerros y la sombra de la montaña empezaba a tragarse el Parque, la ciudad, y todo lo que alguna vez fuimos.Fue ella la que se movió primero. Giró la cabeza, despacio, como si temiera romper algo invisible que flotaba entre los dos, hasta que sus ojos quedaron a centímetros de los míos. La luz de las cinco y media le pegaba de costado, dorada, espesa, pintándole el borde de la cara y el pelo suelto de un color que no era el suyo sino el de esa tarde entera, el color de todo lo que estaba a punto de terminarse.No hubo palabras. No hicieron falta. Clara cerró los ojos primero, confianda en que yo iba a estar ahí, y yo cerré los míos confiando en que ella no se iba a mover, y en el medio de esa doble fe nuestras bocas se encontraron.
Fue torpe al principio, como todo lo primero: nuestras narices chocaron, ella sonrió contra mis labios sin separarse, y esa sonrisa se me metió adentro como si me hubiera besado dos veces. Después ya no hubo torpeza. Solo el calor increíble de su boca contra el frío que nos rodeaba, sus manos frías subiendo hasta mi cuello, las mías hundidas en la lana de su campera como si pudiera anclarla ahí, a ese banco, a ese instante, a mí.
Sentí esperanza y sentí que se me rompía algo al mismo tiempo, las dos cosas juntas, indistinguibles, como si el cuerpo no tuviera forma de separar la felicidad del dolor cuando llegan de golpe y de la mano. Quise que ese beso durara lo que no iba a durar nosotros. Quise creer, por los pocos segundos que nos quedamos así, enredados, que ninguna ruta nacional podía ser más fuerte que eso.Cuando nos separamos, Clara apoyó la frente contra la mía. Tenía los ojos brillosos, pero no lloraba.
—Ahora sí —dijo, con la voz quebrada de risa y de otra cosa—. Ahora sí que no te vas a olvidar de mí.
Tres días después, a las seis de la mañana y con la helada cubriendo los parabrisas de los autos, su auto arrancó hacia la ruta nacional 40. Yo me quedé parado en la esquina de su cuadra, con las manos entumecidas y el vapor de mi respiración perdiéndose en el aire, sabiendo que una parte de mi vida se iba en ese asiento trasero, mirando por la luneta empañada hasta desaparecer en la niebla del acceso este.