EL VECINO

Tenía un vecino nuevo.

Tenía un vecino nuevo.

Lo vi una mañana cuando salí a hacer las compras, él estaba cortando el pasto y arreglando las margaritas en llamas de su jardín. Era un  rinoceronte. Me amilanó un poco su contundencia y su mirada de selva dorada. Le acerqué un tímido «bienvenido, vecino». No me contestó, ni siquiera me miró.

Por la tarde me lo crucé cuando él se disponía a pintar las madreselvas invisibles, en esa ocasión apenas le regalé un tibio «buenas». Esta vez me observó, con algo parecido al rencor, con sus ojos rasgados de rinoceronte y me ignoró nuevamente. Conjeturé que estaba estresado por los avatares de la mudanza.

Me lo encontré una vez más y opté por la indiferencia. Él, por su parte, me observó con un odio profundo. No sabía el porqué de esa animadversión. Pensé que podíamos convivir con la antipatía instaurada entre nosotros. 

Nuestras casas lindaban por obligación, solamente las separaban un escueto muro. Podía sentir sus pasos y sus bufidos como si los hiciera entre la jungla de mis pelos.

Una madrugada me desperté sobresaltado, se escuchaba un fuerte sonido que me costó reconocer. El vecino estaba corriendo por su casa. Se oía un tropel infinito, que se repetía en la oscuridad. Todo mi hogar vibraba, se caían los cuadros, se rajaban las paredes y el techo colapsaba. Tome coraje y decidí ir a quejarme.

Nunca me atendió, aunque presentí su mirada a través de las cortinas cerradas. El galopear comenzó de nuevo apenas me acosté y duró hasta el amanecer. Luego sus ronquidos cavernosos llenaron el día. Estos eventos se hicieron un ritual que se repetía sin remordimientos ni tardanzas.

Un mediodía estaba a punto de almorzar, laboriosamente me hice mi comida predilecta: tortilla de papas con ensalada de cebollas y lechuga. Me senté a degustar lo cocinado, entonces una brisa me trajo un efluvio que tapó todos los aromas con un hedor impertinente  de bosta primordial y de cubil de demonios. Tuve arcadas. El aroma se quedó a vivir en mi casa, arañaba las paredes y me seguía como un gato hambriento.

No lo soportaba más, no podía, decidí que era momento de hacer algo, aunque me amedrentaba su tamaño y sus músculos. De todas maneras tomé la decisión de enfrentarlo y para hacerlo tenía que conocerlo y para eso debía espiarlo.

Me asomé subrepticiamente por la medianera que separaba nuestras propiedades. Miré con ansiedad y solamente vi ventanas cerradas. Su patio era un caos, todo estaba roto y el césped asolado por el estiércol. Sus ronquidos eran omnipresentes, estaba en casa.

Tomé coraje y decidí meterme clandestinamente.

Intenté hacer el menor ruido posible. Salté la pared y esquivé los excrementos que estaban en el suelo, conteniendo las náuseas de la mejor manera posible. Me asomé por una ventana y lo vi. Estaba acostado con placidez de rinoceronte roncando, maloliente y brutal,  en un desvencijado catre. Entonces me percaté de un detalle único, su cuerno, su símbolo de poder, estaba huérfano sobre la mesa de noche, entre un cenicero repleto de colillas moribundas y frascos de medicamentos.

Encontré una puerta abierta y me metí en la vivienda. El interior era un paisaje lunar, se podía bucear en la fetidez de animal encerrado. A pesar de caminar en puntas de pie, extrañamente, mis pasos retumbaban en el mundo. Me sentí un astronauta.

Entré a la habitación, el vecino dormía con los ojos abiertos. En un estado de ensoñación tomé el cuerno.

Al otro día esperé un alboroto por el robo, solamente hubo silencio. La ausencia de ruidos molestos y la fetidez era notoria. Me sentía victorioso.

Una noche tuve un momento incómodo. Me encontré a mi vecino el rinoceronte, sentado en la puerta de su casa. Estaba melancólico, ensimismado en las lágrimas de las estrellas. De manera disimulada miré en dónde debería estar su cuerno, en su lugar había un ramo de margaritas soñolientas.

Sin mediar un saludo, el rinoceronte comenzó a hablar. Me dijo de su añoranza  por la sabana dorada. Me comunicó que había puesto su casa en venta y que se iría lo antes posible –Ya no me siento poderoso-  finalizó, luego se dedicó a mirar a la noche que se repetía.

Fue la última vez que lo vi.

Conservé la cornadura, la tuve en un sitio de honor en el centro de mi sala de estar, Una noche de tormenta, con el cielo cayendo sobre mi casa, decidí probármelo. Al principio se caía, lo pegué con engrudo, entonces se mantuvo enhiesto. Se enraizó en mi cráneo.

Llegaron vecinos nuevos, una familia de padre indiferente, madre agotada y tres hijos pequeños y bulliciosos. El jefe de familia se acercó a saludarme y yo, no sé porqué, lo ignoré. Un amanecer, llamaron a la policía y se quejaron de mis corridas nocturnas y de mis bostas desperdigadas. Por mi parte solamente me importaba comer las flores de su jardín y dormir con un ronquido bestial.

Los recién llegados me odiaban, a mí, a su vecino y miraban con avidez mi cuerno.

Este espacio lo asupician:

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1 comentario en “EL VECINO”

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