Padre e hijo caminaban solemnemente por largo y espejado pasillo, con unos ventanales enormes al costado. Estos daban una negra alfombra tapizada de estrellas. Otros transeúntes recorrían aquella vía que llevaba al memorial de la humanidad. Un museo con hologramas y objetos que servían para que los hombres tuvieran acceso a la viva historia en el espacio administrados por los Grises.
El padre le había esquivado a una de las preguntas importantes de su hijo. Los bebes, el sexo y por qué no podemos pisar la Tierra.
La educación que se les brindaban en la nave capital de los Grises que dirigían aquel sector de galaxia, dictaba que la respuesta a la última pregunta debía darse a una edad determinada, no antes.
La raza humana que trabajaba y vivía en todo el espacio dominado por la gran especie anfitriona provenía de descendientes de los abducidos. No podían volver, y eran mano de obra adaptable y muchas veces calificada para que los grandes cerebros grises se dedicaran a la exploración y la ciencia.
Llegaron a la entrada del memorial y fueron recibidos por un holograma de un gris de tamaño real, casi tres metros, cabeza enorme y brazos pequeños en relación a su aspecto, pero gruesos comparado a de los humanos. Junto a el un hombre levantando el brazo derecho con la palma extendida hacia adelante y sonriendo.
Caminaron pausadamente por distintas representaciones y vitrinas. Llegaron al pasillo indicado.
La primera imagen era del gris que ocasionó la prohibición. Su nombre, impronunciable.
– Tenía cincuenta de nuestros años, un adolescente como tu para su biología, cuando en secreto desarrolló una idea que dotaría a la humanidad de las primeras capacidades para ascender en la jerarquía. Como descendientes de los principales líderes, tenía acceso a herramientas y educación privilegiada. Pero su ímpetu era desmedido. Como todo adolescente humano – miró con sonrisa cómplice a su hijo.
Caminaron un trecho y llegaron al holograma de un trozo rectangular de metal, con botones, selectores y diales en los cuatro lados.
– Este es el objeto que pretendía darle a un hombre cualquiera. No importaba cual. Su idea era que fuesen desarrollando la idea que podían lograr cosas impensadas, y fueran dominando con prueba y error la moral necesaria.
Hizo un gesto con la palma hacia abajo, moviendo el brazo hacia le derecha.
Ahora mostraba un objeto similar, mas largo, y con botones de colores brillantes.
– Este es el objeto que se llevó, por error. Era joven, impetuoso, idealista, pero torpe e ignorante. El que pretendía llevar era basicamente un replicador. Con funciones que influían en las emociones y pensamientos de cualquier cerebro, pero limitados. Muy limitados. Pero se llevó este, que pertenece solo a los principales dirigentes grises. Aquí los poderes no están limitados, y se le agregan aspectos biológicos. Puede influir en cualquier fisiología conocida a nivel cromosómico. Alterar a su antojo cualquier cosa.
– Poder absoluto.-dijo el hijo
Se movieron otro tramo y contemplaron un ser humano terrestre. Pantalón azul, remera blanca y zapatillas grises. El perlo largo y desordenado.
– Este es el causante involuntario de la prohibición…
…
Le dio las recomendaciones al Asistente Terapéutico que cuidaba su madre, y dejó las cosas preparadas hasta su regreso al mediodía. Salió de un departamento. Su cerebro estaba inundado de furia. Impotencia y rabia. No por las cosas de todos los días, sino por los pendientes. Por todas las personas que si cambiaban un ápice alguna decisión, la vida de su pequeño grupo mejoraría. Cansado de que cada camino para torcer algún aspecto dependiera de decisiones que no eran suyas. Los trabajos los ganaban otros, en un ambiente de mucha oferta y mucha demanda el era solo un pez. Los trámites engorrosos a veces casi imposibles. Y todo enredado en ciclos que se retroalimentaban.
Y el sueño de anoche. Eso lo inquietaba. Sucedía en la terraza del edificio. Así que subió. No tenía apuro, era un día no laborable, pero su círculo cercano no lo sabía. La ventaja de trabajar por su cuenta. Necesitaba pensar. Encontrar alguna punta de la madeja.
No se asombró de la similitud del entorno con el del sueño. La aparente adivinación era intuición disfrazada. El clima era similar. Frío de mayo. El cielo gris, totalmente cubierto. Sin viento. Esos sueños vívidos. Que no desaparecían a los segundos de despertarse eran cosas que le preocupaban. Y su mente buscó puntos de contacto con su vida.
Y esperando que las coincidencias siguieran, fue hasta la cornisa para ver si el objeto estaba allí. No había nada. Suspiró, primero sintió un poco de desilusión y después alivio. La pared de la terraza le llegaba al pecho. Se apoyó y miró hacia todos lados, sintiendo el paisaje. Dejando que la cacofonía sonora y visual de la ciudad lo inundara. Que pasara a través suyo.
Por el rabillo del ojo sintió una presencia extraña. Se dio vuelta y se encontró cara a cara con un extraterrestre. Lo que la cultura llamaba Gris. Alto, un metro más alto que él, con un cráneo voluminoso, ojos negros y grandes. Y la boca apenas visible. Los brazos desmedidamente proporcionados para parecer humano. Y en una de sus manos, el objeto del sueño.
Largo, de color marrón rojizo, como un ladrillo. Lleno de botones, selectores y diales. Igual.
Por unos segundos sintió que todo daba vueltas. Un leve zumbido en los oídos lo empezó a aturdir. Y se le atenazó el vientre.
El extraterrestre le ofreció el objeto. Él lo tomó. Y recordó la secuencia del sueño. La secuencia que la certeza onírica le anticipaba la solución de sus problemas. Recordó el alivio que sintió instantes antes de despertarse.
Lo tomó y tecleó la secuencia. Miró al Alien casi al terminar y los ojos de este se abrieron en sorpresa. Desde el cielo un zumbido de alarma hizo temblar los vidrios.
Terminó la secuencia y un halo iridiscente hizo aparecer la nave circular sobre ellos y el cielo se despejó a medida que una onda expansiva se alejaba.
La cacofonía del centro de la ciudad a la mañana desapareció. Se escuchó sobre un silencio repentino, uno que otro ruido de metales y vidrios romperse.
El supo, casi con certeza qué había pasado. La humanidad en su totalidad desapareció. El Gris también. Y la Nave se alejó muy rápido.
No entró en pánico. Tampoco sintió alivio. La paz que lo inundó vino con la certeza de lo que tenía que hacer. El edificio estaba colmado de agua, lo usual a las mañanas. Habría electricidad por un tiempo, así que iría a conseguir la comida para sobrevivir el primer par de semanas.
…
-¿Por qué no bajaron a buscar el dispositivo?-preguntó el hijo en el museo.
– Porque en la secuencia que dedujeron activó este humano, también generó un campo que mataba al instante a cualquier ser humano, excepto a él. Y afectaba gravemente a los Grises. Los enfermaba. La tripulación de la Nave y nuestro Gris tardaron meses en recuperarse. De vez en cuando baja alguna patrulla, pero el dispositivo permanece oculto. Y mientras agonizan en los pocos segundos que contemplan al ser humano, no alcanzan a preguntarle nada. De no encontrar alguna solución, algúna especie que resista aquella radiación, nadie puede pisar la Tierra.
En otra parte de la nave, [nombre impronunciable] se debatía aún entre la vergüenza del castigo, la inquietud que lo llevó a tomar la desición de entregar el objeto y la impulsiva necesidad de arreglar el caos. Había conseguido una versión resumida del manual de La Herramienta y con cierta dificultad la tradujo al lenguaje del humano sobreviviente. El inconveniente que tenía que resolver era cómo hacerselo llegar. Y confiar que corrigiera lo que pudiese corregir. Seguía creyendo en la idea original de su plan.