EL PARTIDO QUE NUNCA FUE DE FÚTBOL

No comenzó con un insulto, ni terminó con un silbato final. Empezó cuando un reclamo histórico volvió a incomodar al mundo.

Hoy se habla en distintos lugares del mundo de la Selección Argentina y de una supuesta connotación racista que, con una facilidad alarmante, terminó extendiéndose a toda nuestra sociedad.
Y eso me duele profundamente.

Todo comenzó mucho antes de un partido de fútbol.
Comenzó cuando un grupo de futbolistas argentinos levantó una bandera con una consigna que, nos guste o no, forma parte de la política de Estado de la República Argentina desde hace décadas.
La reivindicación de la soberanía sobre las Islas Malvinas no nació en un vestuario ni en una cancha. Está incorporada a nuestra Constitución Nacional y forma parte de un reclamo diplomático sostenido por todos los gobiernos democráticos, respaldado además por resoluciones de las Naciones Unidas que reconocen la existencia de una disputa de soberanía e instan a la Argentina y al Reino Unido a negociar una solución pacífica.

Lo llamativo es que un reclamo diplomático sostenido por un Estado haya sido utilizado (casualidad?? Mmmm permitime dudar…) como argumento para transformar a todo un pueblo en objeto de una campaña de desprestigio.
En pocos días dejamos de discutir un conflicto histórico de soberanía para empezar a escuchar que los argentinos éramos racistas, violentos, delincuentes y moralmente inferiores.
El debate dejó de ser político para convertirse en una descalificación colectiva.

Me duele porque Argentina no es un país perfecto.
Tenemos desigualdades, contradicciones y conductas que debemos revisar.
Negarlo sería absurdo.
Pero existe una distancia enorme entre reconocer nuestros problemas y aceptar que se catalogue como racista a una nación entera, como si más de cuarenta millones de personas pensaran, sintieran y actuaran de la misma manera.

También me duele porque semejante afirmación revela un desconocimiento profundo de nuestra historia.

Argentina fue construida, en gran parte, por personas que llegaron desde otros lugares del mundo. Hombres, mujeres y familias enteras que escapaban de guerras, persecuciones, hambre, pobreza y regímenes verdaderamente brutales encontraron aquí la posibilidad de empezar nuevamente.
Nuestro país recibió inmigrantes europeos, latinoamericanos, asiáticos, africanos y de Medio Oriente.
Recibió idiomas, religiones, costumbres, sabores y culturas diferentes, que con el tiempo pasaron a formar parte de nuestra propia identidad.

Somos, precisamente, el resultado de esa mezcla.

Argentina abrió sus escuelas, sus hospitales y sus universidades a miles de personas nacidas más allá de sus fronteras.
Muchas llegaron buscando atención médica, formación profesional, trabajo o simplemente un lugar en el cual reconstruir sus vidas.
Innumerables estudiantes extranjeros eligen cada año nuestras universidades públicas porque reconocen la calidad de su educación y porque encuentran oportunidades que en sus países de origen muchas veces resultan inaccesibles.

Por eso, resulta doloroso y también intelectualmente deshonesto que un episodio, una canción, una expresión desafortunada o la conducta de algunas personas se convierta en una sentencia moral contra un país completo.

Podemos repudiar cualquier manifestación racista proveniente de un futbolista, un dirigente, un hincha o un ciudadano argentino. Debemos hacerlo.
Defender a nuestro país no significa justificar lo injustificable ni mirar hacia otro lado.
Pero una cosa es señalar una conducta y otra muy distinta es transformar esa conducta en la identidad de toda una nación.

También corresponde preguntarnos desde qué autoridad moral se pronuncian algunas condenas internacionales.
Muchas de las sociedades que hoy señalan a Argentina conviven con deportaciones violentas, persecuciones a migrantes, discriminación estructural, segregación racial, restricciones contra las mujeres, violencia religiosa y profundas desigualdades étnicas.
No para justificar nuestros errores con los errores ajenos, sino para exigir una vara semejante para todos.

Porque el racismo no desaparece por pronunciar discursos políticamente correctos.
Tampoco se combate seleccionando qué países merecen ser condenados y cuáles pueden ocultar sus propias violencias detrás de una imagen de superioridad moral.

Argentina tiene mucho que aprender, mucho que revisar y mucho que mejorar.
Pero también tiene una historia inmensa de puertas abiertas, de mesas compartidas, de hospitales que atendieron sin preguntar una nacionalidad, de universidades que formaron a estudiantes de toda América Latina y de comunidades enteras que encontraron aquí un nuevo hogar.

No somos esa caricatura cruel que algunos intentan construir desde la distancia, la desinformación o la conveniencia.

Argentina fue, es y seguirá siendo un país compuesto por múltiples raíces.
Un país que abraza, que recibe. Que abre la puertas de su casa a quien necesita recomenzar.

Y esto que hacen, NO ES JUSTICIA!

Siempre tuvo el mismo nombre.

Prejuicio

COMPARTIR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *