COMIENDO MARIPOSAS

En el cielo la luna era un maniquí y las estrellas eran de cotillón, papel glasé y engrudo...

En el cielo la luna era un maniquí y las estrellas eran de cotillón, papel glasé y engrudo.

Guzmán caminaba de puntas de pie, subrepticio, para que la noche no lo escuchara. Estaba justo a tiempo, como siempre. La puntualidad era parte del placer de que los engranajes funcionaran.

Era el momento de empezar con el ritual.

Primero iba a la casa de la morocha. Ella siempre estaba envuelta en rulos, con el ariete de su sexo latiendo bajo las sábanas amarillas con flores verdes. Se adivinaban en sus hombros el camino hacia el cuello, hacia las alturas de la barbilla. Él se paraba entre las madreselvas del jardín y la acariciaba con la  mirada.

Luego seguía  por la casa de al lado. Se posicionaba frente a la ventana que enmarcaba a  la pelirroja, la que por las noches lloraba, desnuda, frente al espejo. Las  lágrimas le corrían el rímel por su rostro blanco hasta sus senos. De a poquito le iban saliendo alas. Guzmán, a duras penas, contenía un jadeo gutural, al tiempo que le caía su saliva sobre los latidos acelerados de su pecho.

Caminaba hasta la última casa de la cuadra, en la esquina. Ahí fisgoneaba a la muchachita flaca, que perseguía mariposas en su habitación, bajo la luz mortecina de un foco de 45 watts. Él se escondía detrás de las sombras pugnando por ser invisible.

Se sentía un privilegiado por verlas en la plenitud de su intimidad.

Una noche hizo un ruido de más, un gemido quizás y lo descubrieron durante el acto infame del voyerismo. Una turba, salida de quién sabe dónde, lo golpeó hasta convertirlo en un amasijo sanguinolento. Guzmán no se quejó, ni siquiera intentó escapar.

—…Por pajero… —dijo la morocha de rulos del demonio.

—…Por pajero… —repitió la pelirroja sin secarse las lágrimas.

—…Lo amo… —afirmó la muchacha flaca para sorpresa de todos y de ella misma, mientras se comía una mariposa.

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