La intimidad

Algunas noches duran mucho más que una sola noche...

“Yo no sé donde va mi vida, pero tampoco creo que sepas vos” me dijo, y se sonrió.
Creo que empezar una conversación con esa frase de Fito Páez fue lo que despertó mi curiosidad en él.
Yo quería creer que sí sabía a dónde iba mi vida, aunque la realidad era que no.
Recuerdo sonreír, tomar un trago de la pinta de cerveza recién empezada, y hacer de
cuenta que lo que me había dicho no me había quedado resonando en la cabeza.
“Nuestra generación le tiene miedo al compromiso” fue otra de sus frases tan certeras para mí. Y era verdad, pero también esa noche quería dejar mi mente en otro lado.
Había llevado un faso en la cartera. “Para sentir más y pensar menos”. La idea no era mala y, esa noche, la compañía tampoco.


La cosa es que llegué a ese bar del centro con ganas de dejar de evaluar mi vida a cada momento, necesitaba poco compromiso, algo de una sola noche.
Recuerdo estar unos días antes en casa “scrolleando” por perfiles de Tinder y ver el suyo.
No solo que era todo lo opuesto a lo que yo estaba buscando, sino que también me llamó la atención un pequeño detalle en su foto de perfil, un cuadro en el fondo con la cara de Federico Moura, aquella legendaria estrella del “glam rock” argentino, cuando en ese entonces nadie sabía lo que era eso.
No sé por qué comencé a hablarle. Supuse que alguien así podía llegar a ser interesante, y la verdad es que no me equivocaba.
Cerré los ojos ya terminando la segunda pinta, y él me miró deseoso.
“Decime que tenés auto” le susurré al oído.
“No, pero vivo solo a tres cuadras de acá”. Eso también me bastó.
La ciudad de Mendoza tiene sus encantos, sobre todo cuando no hay mucha gente, y esa noche no había.
Siempre he sido un poco reacia a las muchedumbres y eso se lo dejé bien claro cuando charlamos por el chat de la aplicación.
“No me gusta la gente” “A mi tampoco” me contestó.
Listo.
Subimos al quinto piso del departamento con vista a la ciudad. Tenía una ventana del
tamaño justo para admirar el paisaje, aunque a mi me hubiese gustado que fuese más
grande.
Y al lado de la ventana una colección de vinilos increíbles reposaba en una estantería con puertas de vidrio. Mi curiosidad iba a mitad de camino entre vinilos de Spinetta jade y Serú Girán cuando escuché los primeros acordes del vinilo de “Superficies de placer” de Virus.
Un fanático del rock nacional clásico, como yo. Cerré los ojos mientras sentía que se
acercaba despacio.
Siento algo sobre uno de mis pies y, al abrir los ojos, veo un gato gris que se refriega sobre mi bota. “Se llama “Charly” me dice y,al verlo con más detalle me doy cuenta porqué, tiene una mancha blanca por debajo de la nariz que hace una especie de bigote. La referencia es obvia.
“¿Fumás?” Le pregunté, y busqué en la cartera aquel cigarro.
“Depende de que sea” me dijo y, al mostrárselo, se sonrió y buscó un encendedor perdido
en uno de sus bolsillos, y me dio fuego.
“Te voy a preparar un gin tonic” y, acto seguido le ofrecí unas pitadas de aquel cigarro divertido.
La desinhibición comenzó a hacerse presente a cada pitada de humo.


Estaba mirando la vista a la ciudad, cuando sentí que se me acercó y deslizó despacio una de sus manos hacia mi entrepierna, y yo lo dejé hacer. Comenzó a mover su dedo índice hacia mi clítoris el cual respondió a las caricias haciendo presente la humedad y comencé a gemir. Reconoceré que su técnica era impecable, sabía cómo tocar y en donde, hasta que, en seco se detuvo.
Yo lo miré, faltaba un poco todavía para el orgasmo. “Te voy a pedir que te acuestes en el sillón. Necesito seguir con la lengua. Quiero sentir tu gusto”
Y así fue que me derretí en aquel sillón rojo de pana, mirando su cabeza enterrada en mi
entrepierna, gimiendo cada vez más, a medida que el ritmo aumentaba. Él sabía lo que estaba haciendo, no pude más contenerme, tampoco quise.
“Voy a acabar” le dije entre gemidos y él entendió perfectamente lo que tenía que hacer.
Aumentó el ritmo y no me pude contener, todo de golpe se desvaneció en un orgasmo que llegó puro, intenso para disfrutar.
Él se incorporó con la barba aún mojada y se sonrió como cuál lobo hambriento que se
acaba de saciar.
“Perdoname, te mojé todo” le dije. Había un poco de eyaculación femenina por todos lados.
“A mi me gusta más así. Y no me pidas perdón. “Dejate llevar” Y eso hice.
Descansamos un poco luego de aquel intenso momento mientras que escuchábamos a Soda Stereo de fondo.
De aquel sillón con la ropa desperdigada alrededor nos fuimos deshaciendo en demás caricias que nos fueron llevando a la habitación. Cuando yo quise ir hacia su entrepierna, de pronto me frenó. “Yo disfruto con tu disfrute, esta noche es para vos” me dijo y ahí conocí, por primera vez, un loco del rock nacional que lo disfrutaba tanto como yo, y que a la vez, sentía placer con el placer de la otra persona. Con el aroma, el sentir cada poro erizarse.
Afuera, la ciudad seguía respirando vida detrás de la ventana y Charly dormía hecho un ovillo sobre parte de la ropa tirada, mientras el rock se iba haciendo cada vez más tenue, casi por terminar exhausto, al igual que nosotros.

Entendí entonces que el deseo no se sostiene solo con el cuerpo, con la carne. A veces es algo más mundano, más humano, si se quiere: encontrar a alguien capaz de mirar aquello
que uno lleva demasiado tiempo intentando esconder.
Y aquella noche, solo por lo que duró la luz de la luna, yo dejé de esconderme.
Pensé en lo extraño que era sentirme cómoda con alguien a quien apenas conocía. Porque la intimidad, al final, era eso:
dejarse ser.
dejarse llevar.
dejarse sentir.
FIN

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