EL TOMATE NO HACE MILAGROS, DOÑA ROSA

Si todos los julios usted se enoja porque el tomate está caro, esta nota es para usted. La biología, el clima mendocino y la estacionalidad tienen algunas cosas para explicarle.

Todos los inviernos aparece el mismo personaje en la verdulería. Mira el cajón de tomates, ve el precio y exclama, indignado: ¿¡Cómo puede estar tan caro!?… Y ahí uno entiende que hay gente convencida de que el tomate nace en una góndola, con aire acondicionado, iluminado por tubos LED y cuidado por duendes del supermercado. Pero no,  el tomate es una planta,  y, como casi todas, tiene sus tiempos.

Le gusta el calor, mucho calor,  no las heladas, ni esas mañanas mendocinas en las que el parabrisas amanece más blanco que un guardapolvo escolar. Sin embargo, todos los años queremos lo mismo: tomate en invierno, sandía en mayo, cerezas en agosto y frutillas cuando el termómetro está pidiendo auxilio. Eso no es una verdulería. Es ciencia ficción. Existe algo maravilloso que se llama estacionalidad. Traducido: consumir lo que la naturaleza produce en cada época.

Cuando una fruta o una verdura están en temporada hay más producción, cuesta menos producirla, tiene mejor sabor y, generalmente, también mejor precio. En cambio, cuando usted quiere comer tomate en pleno invierno la historia cambia, hay menos producción, muchas veces viene de invernadero, requiere más energía, más cuidados y más logística…¿El resultado? Sale más caro. No porque el verdulero se levantó de mal humor, ni porque el vecino vote distinto, es simplemente porque la biología no negocia.

En invierno, Mendoza ofrece otras maravillas: naranjas, mandarinas, limones, manzanas, zapallos, zanahorias, brócoli, coliflor, puerros, repollos y remolachas. Son productos hechos para esta época.

El tomate, en cambio, es más friolento que turista porteño en Potrerillos. Nadie le prohíbe comprarlo,  pero después no haga un acting frente al cajón de verduras. Pedir tomates baratos en julio es como querer esquiar en enero o vendimiar en pleno invierno. Hay cosas que no dependen de la voluntad, dependen de la naturaleza y ella lleva millones de años funcionando bastante bien.

Mi consejo de ingeniero agrónomo es sencillo: coma productos de estación, compre local y adapte el menú al calendario. Su bolsillo lo va a agradecer y el tomate también.

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