Hoy, a las seis de la tarde, en el Azteca, México le juega los octavos de final a Inglaterra. Y como pasa siempre que Inglaterra pisa una cancha frente a un rival latinoamericano, alguien va a sacar el 82 de la galera. Alguien va a decir «ojalá pierdan, por Malvinas». Y ahí es donde quiero pararme, no en el partido, sino en esa frase, en esa costumbre de sacar a los pibes que se murieron en el Atlántico Sur para ponerlos como fichas de un odio que ni siquiera es nuestro del todo.
Porque los que murieron en Malvinas —los de acá y los de allá— tenían entre dieciocho y veinte años. Chicos como los nuestros, literal: hijos de obreros, de maestras, de albañiles ingleses del norte industrial, muchos de los cuales jamás habían salido de su pueblo antes de subirse a un barco hacia el fin del mundo. No eligieron la guerra. La guerra los eligió a ellos, como acá eligió a los que fueron a combatir con borceguíes de cartón y sin instrucción, mandados por generales que necesitaban un enemigo externo para tapar lo que estaban haciendo puertas adentro.
Esa es la parte que se nos escapa cuando gritamos «gracias por la guerra, gracias por los muertos» en una tribuna. La dictadura no fue a Malvinas por Malvinas. Fue porque en 1982, el Proceso se caía a pedazos; porque la economía estaba destruida; porque había una plaza que ya no le tenía miedo a Videla y a los que vinieron después; y un país en guerra no hace paros ni pregunta por los desaparecidos. Del otro lado, Thatcher tampoco fue a defender ovejas: llegaba con la imagen más baja de su gestión, con el desempleo destrozando Inglaterra, y una guerra corta y ganable era exactamente el tipo de relato que un imperio en retirada necesita para creer que todavía es imperio. Dos sistemas que se estaban por caer usaron pibes de dieciocho años como anestesia para sus propias crisis. Esa es la guerra que en realidad pasó. No la que se cuenta en la tribuna.
Y hay algo más incómodo todavía, que es mirar qué pasó después. Inglaterra ganó esa guerra y, desde entonces, no volvió a mostrar los dientes en la región. No hubo otra Malvinas, no hubo otra intervención, no hubo un imperio que siguiera buscando territorio en el Atlántico Sur. Lo que quedó fue una base militar, una postura diplomática dura sobre la soberanía, y nada más. El «enemigo» de nuestra épica se convirtió, con el tiempo, en un país que ni piensa en nosotros. Lo cual debería incomodarnos más de lo que nos incomoda: quizás el odio que le tenemos a Inglaterra es más viejo que cualquier otra cosa que Inglaterra haya hecho en cuarenta años.
Ahora pensemos en México, que hoy nos va a putear en cada tuit como hace cada vez que juega contra cualquier selección sudamericana, y en particular contra la nuestra. México nunca perdió un hermano en un barco hundido por nosotros. México no tiene una plaza, un ARA General Belgrano, un 2 de abril. Lo que tiene México es la incomodidad de vivir pegado a la sombra de Sudamérica en el ranking simbólico del fútbol, y descarga esa incomodidad en bardo de tribuna. Es un odio de utilería, prestado, sin entierros. Y, sin embargo, grita más fuerte que el que le tenemos a Inglaterra, que sí enterró gente nuestra.
Lo que separa a un odio real de uno de utilería no es el volumen, es el costo. El de Malvinas costó carne, costó nombres que todavía se leen en un cenotafio en Ushuaia, costó pibes que hoy tendrían sesenta y pico y, en cambio, se quedaron en los veinte para siempre. El odio no cuesta nada, y por eso puede gritarse sin parar.
Quizás el ejercicio, antes del partido de hoy, no sea elegir a quién odiar más fuerte, sino preguntarse por qué seguimos prestándole nuestro odio más caro a un país que hace cuarenta años dejó de mirarnos, mientras el barato se lo regalamos gratis a cualquiera que nos putee por «X» (o Twitter, como más te guste).

1 comentario en “INGLATERRA NO NOS DEBE NADA”
Excelente reflexión final