La caminata en Ang Thong

La brisa tibia entraba por la ventana de su choza, y el sol ya le calentaba los pies, que quedaban por fuera de la cama improvisada. Se puso de pie súbitamente, y decidió que no había tiempo que perder.

El calor era agobiante en Ang Thong, y la caminata entre los arrozales se volvía dificultosa. Finalmente llegó a la ribera, y divisó de lejos al majestuoso Wat Muang, que se alzaba imponente del otro lado del río, el Chao Phraya.

Se quitó prolijamente los zapatos y los dejó en la orilla. «Quizás tampoco necesitaría su reloj» pensó y lo metió dentro de uno de sus zapatos. Se despojó de todo lo innecesario, de cualquier cosa que lo amarrase al pasado, y aunque ya no la tuviese puesta, sintió como se aflojaba el nudo de su corbata, y respiró el aire puro. Se sintió vivo.

Caminó unos pasos, y se acercó a su barca, que amarrada a un palo, esperaba por él.

Subió a ella y se acomodó, y la mansa corriente comenzó a llevarlo río abajo, pasando por pequeños poblados, y se llenó los ojos de simpleza, y de sonrisas de niño que se asomaban desde las ventanas. La tarde se acercaba y tuvo tiempo para relajarse y recitar un mantra, mientras las aguas calmas lo transportaban sin prisa.

«Ojalá llegase a ver Wat Arun al atardecer», se dijo a sí mismo.

Sabía que su viaje sobre las aguas del Chao Phraya terminaría en Samut Sakhon tarde o temprano, y que probablemente cuando el río iniciase a dividirse en khlongs, canales de riego de los arrozales, debería seguir a pie. No sabía dónde estaba yendo, ni que se encontraría en el camino, pero sabía que esa era la dirección indicada…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio