El viento en la cara no era fresco; helaba desde las entrañas del Cordón del Plata. Para sus treinta años, Julián había querido regalarse algo que lo hiciera sentir vivo, una sacudida que borrara la rutina de la ciudad. Un salto en paracaídas sobre los viñedos de Tupungato parecía la idea perfecta.
El cielo de Mendoza era un azul infinito y despiadado, y allá abajo, las hileras de parrales se dibujaban como finas venas sobre la tierra seca.
A cuatro mil metros de altura, el ruido del motor de la avioneta desapareció cuando el instructor, pegado a su espalda como una sombra pesada, lo empujó al vacío.
Durante los primeros segundos, la adrenalina fue pura euforia. El aire le deformaba las mejillas y la velocidad le robaba el aliento. Pero el tiempo empezó a estirarse de una forma grotesca.
Julián miró su altímetro digital. La aguja caía en picada. Tres mil metros. Dos mil. El instructor tiró de la manija del paracaídas principal.
Un tirón seco los sacudió, pero no hubo la pausa abrumadora que esperaba. Solo un goteo de tela flameando con furia detrás de ellos.
—¡No abrió! —gritó Julián, la voz ahogada por la fuerza del aire.
Sintió los movimientos bruscos del instructor a su espalda.
Escuchó un taco de cuero contra hebillas de metal, manos desesperadas luchando contra el equipamiento. La correa del de reserva se trabó.
El tipo no gritaba, pero Julián podía sentir el pulso desbocado del desconocido pegado a su espina dorsal, el pánico transmitiéndose a través del arnés como una descarga eléctrica.
Mil metros.
Ahí, en la inmensidad del valle, irrumpió la desesperación.
No fue un miedo abstracto; fue una garra helada que le apretó las vísceras hasta querer vomitar. El aire ya no se sentía como una brisa rápida, sino como un muro contra el que se estrellaban a doscientos kilómetros por hora.
Julián empezó a manotear la nada, a patalear en el vacío como un ahogado en un mar transparente. El suelo de Tupungato, que minutos antes parecía un cuadro sereno de fincas y bodegas, crecía hacia ellos. Podía ver las copas de los álamos, los techos de las casas, los senderos de tierra. No puede terminar así. Hoy es mi cumpleaños.
No acá.
No hoy.
Gritó hasta que las cuerdas vocales se le desgarraron, pero el rugido del viento se tragaba cada sonido. El instructor a su espalda colapsó en la inutilidad; sus manos dejaron de tirar de las correas trabadas. El pavor devoró a Julián por completo: la certidumbre matemática de que en menos de diez segundos su cuerpo sería una mancha roja sobre los surcos de la cordillera.
Quinientos metros.
Las faldas de los cerros parecían abalanzarse para aplastarlos.
Y entonces, en medio del caos, ocurrió el milagro negro de la mente: la histeria, exhausta, se apagó de golpe.
Julián dejó de patalear.
Sus brazos, antes tensos, cayeron pesados a los lados. Dejó de luchar contra las correas. Echó la cabeza hacia atrás, sintiendo la respiración agitada y moribunda del instructor en su nuca, y por primera vez en todo el descenso, miró hacia el frente.
Vio la majestuosidad estéril del Tupungato recortándose contra el horizonte, los tonos cobrizos de la tierra, el reflejo del sol en las acequias. La belleza del paisaje mendozino era indiferente, brutalmente hermosa.
Aceptó el suelo como se acepta la llegada de la noche. Treinta años, pensó, sin urgencia, como quien cierra una puerta con cuidado. Cerró los ojos, exhaló todo el aire de sus pulmones y esperó el abrazo final de la tierra.