Stupy love story

A veces, la persona que más queremos está al otro lado del mundo, mientras nosotros nos quedamos mirando la lluvia, esperando un mensaje que nos haga sentir menos solos.

La primera foto que le mandó Soledad a Joaquín fue de París.


Había llovido toda la mañana y las veredas brillaban bajo los faroles amarillos de los cafés. Soledad estaba parada frente al Sena, con un paraguas rojo y el pelo pegado a las mejillas por la humedad. Atrás de ella, la Torre Eiffel se entrecortaba entre la niebla.


Joaquín recibió la foto a las once y diecisiete de la noche, sentado en la galería de una casita vieja de Guaymallén que todavía olía a cal fresca. Sobre la mesa de madera quedaban dos tazas sucias de yerba cocida y una maceta con un malvón que ella le había hecho prometer que iba a regar todos los días.


Abajo de la imagen, Soledad le había escrito:
Ojalá estuvieras acá.


Joaquín se quedó mirando la pantalla un rato largo. Dejó el fósforo cargado en el cenicero y buscó una foto que había sacado esa misma tarde en un bodegón cerca de la plaza de Godoy Cruz. Se veía la mesa de la esquina junto a la ventana, un sifón de soda, dos vasos pesados de vino torrontés y una silla vacía. Había pedido las dos copas por pura inercia. Se dio cuenta cuando el mozo le preguntó si esperaba a alguien más.


Le mandó la foto.


Estoy acá.


Soledad le contestó con un corazón rojo.


Y durante un tiempo, ese cruce de mensajes les alcanzó para no taparse la cara y llorar.
Se habían querido durante nueve años, pero nunca habían pateado para el mismo lado.


Se conocían desde pibitos, de la época en que el barrio todavía tenía calles de tierra y las tardes se gastaban cruzando las acequias a los saltos, juntando mandarinas del vecino o haciendo picaditos hasta que el sol se escondía detrás de la cordillera.


Soledad siempre había tenido los ojos puestos en los aviones que cruzaban el cielo mendocino dejando esa raya blanca en el azul. Soñaba con irse. Quería despertarse en ciudades donde la gente hablara enredado, perderse en mercados raros, probar comidas con olores fuertes y aprender a decir hola en idiomas que después se le iban a olvidar.


Joaquín, en cambio, quería un rincón acá.
No buscaba una casa grande ni una finca imponente. Quería una casita con un patio de tierra donde tomar unos mates tranquilos por la mañana, un choco viejo que durmiera al sol al lado de la puerta y un damasquero que le avisara cuándo empezaba la primavera.

Quería envejecer en el mismo suelo, saludar a los vecinos por el apellido cuando saliera a comprar el pan y tener un lugar donde volver sin tener que sacar pasaje.


Durante años, los dos creyeron que quererse era convencer al otro.
Soledad le mostraba fotos de playas lejanas que sacaba de internet y le hablaba de los barcos que cruzaban el mar. Joaquín le mostraba avisos clasificados del diario, casitas viejas para arreglar con galería de madera y un parral que diera sombra en verano.


—Podemos viajar cuando seamos viejos, Sole —le decía él, cebándole un mate.


—¿Y si cuando seamos viejos no nos dan las piernas, Joaquín?


—Compramos un terreno en otro lado, si querés.


—Pero yo no quiero comprar un terreno en otro lado. Yo quiero ver el mundo entero.


Él se reía, creyendo que era una de esas discusiones de novios que se arreglaban con un beso antes de dormirse.


Hasta que una noche la risa se les cortó de golpe.


Fue en la cocina del departamento alquilado que compartían en la Capital, mientras el agua para los fideos empezaba a borrar los vidrios con el vapor y afuera se venía un viento zonda feroz que hacía crujir los techos de chapa. A Soledad le había llegado la confirmación de la beca para irse a Francia. La oportunidad que llevaba la vida entera esperando.


Joaquín venía esa misma tarde de ver una casita en las afueras, cerca de las vías. Tenía un patio mediano, una galería de caña y un limonero en el fondo que todavía estaba verde pero con ganas de prender.


Ella quería armar las valijas.


Él quería ir a firmar el boleto de compraventa.


Ninguno se animó a pedirle al otro que tirara su sueño a la basura. Y, al mismo tiempo, ninguno sabía cómo renunciar al propio sin quedarse vacío por dentro.


—Si me quedo acá, Joaquín, un día te voy a empezar a tener bronca —dijo Soledad, mirando el suelo.


Joaquín bajó la cabeza, apretando el trapo de la cocina entre las manos.


—Si te vas, un día te vas a olvidar de mí.
Ella largó el llanto de golpe, un llanto ahogado que le salía del pecho.


—Eso es lo que más miedo me da —murmuró el joven aguantando el llanto.

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