Maltrato a adultos mayores: el abandono a los viejos

Una reflexión de un lector preocupado por una realidad que muchas veces preferimos no ver.

Hay cosas que pasan en nuestra sociedad y que parecen no importarle a nadie hasta que se convierten en noticia. Una de ellas es el maltrato a los adultos mayores.

En Mendoza vemos casos de personas mayores abandonadas, que viven solas, que no tienen quién las cuide o que terminan dependiendo de familiares que, en lugar de darles una mano, a veces las maltratan o las dejan al cuidado de maltratadores.

Y cada vez que aparece una noticia de estas características, nos indignamos durante un rato, comentamos algo en las redes y después seguimos con nuestra vida.

Pero ¿qué pasa cuándo no hay cámaras, cuándo no hay una denuncia o cuándo nadie se entera de lo que sucede detrás de una puerta cerrada?

Porque no todos los maltratos dejan marcas en el cuerpo. Algunos empiezan con un grito, una humillación, una amenaza o esa frase que muchos mayores deben escuchar más de una vez: «Vos ya no entendés nada».

También está el que se queda con la jubilación de su madre, el que maneja la plata de su padre como si fuera propia, el que decide por ellos sin preguntarles nada.

Y ni hablar de quienes los dejan solos durante días, no les compran los medicamentos o los hacen sentir que son un estorbo.

¿En qué momento llegamos a esto? Quizá estamos muy preocupados por nuestra propia salud: los controles anuales, el gym, los suplementos, queriendo escapar de lo que vemos en los viejos que trabajaron toda la vida para que tuviéramos un futuro.

Cuesta entender cómo alguien puede maltratar a la persona que lo crió, que trabajó toda su vida para darle un futuro mejor o que estuvo a su lado cuando más lo necesitaba.

Claro que no todas las familias son iguales y que cuidar a una persona mayor puede ser difícil, agotador y caro. Hay hijos que hacen lo que pueden, que trabajan todo el día y que no tienen los recursos necesarios para afrontar una situación de dependencia.

Pero una cosa es no poder con todo y otra muy distinta es maltratar, abandonar o aprovecharse de alguien que ya no puede defenderse como antes.

Y acá también hay que preguntarle al Estado qué está haciendo. ¿Hay suficientes lugares donde acudir cuando una persona mayor necesita ayuda? ¿Qué pasa cuando denuncia a un hijo, pero ese mismo hijo es la única familia que tiene? ¿Quién se ocupa de esa persona después de la denuncia? ¿Quién controla que los casos no queden olvidados en un escritorio?

Denunciar es importante, pero de poco sirve si después nadie aparece para ver qué está pasando. Y me preocupa que nos hemos acostumbrado a mirar la vejez como un problema.

Nos molesta que alguien camine despacio, que repita una historia, que necesite ayuda para hacer un trámite o que no entienda cómo funciona el celular. Perdemos la paciencia, les hablamos como si fueran chicos y muchas veces ni siquiera les preguntamos qué quieren. Como si hacerse viejo fuera no entender nada.

Lo más triste es que muchos no se animan a hablar. Por miedo, por vergüenza o porque no quieren denunciar a sus propios hijos. Otros prefieren soportar los malos tratos antes que quedarse completamente solos.

Todos vamos a ponernos viejos, aunque hagamos lo posible por ir corriendo ese horizonte. Quizá tengamos una familia que nos acompañe, quizá no. Quizá podamos valernos por nosotros mismos hasta el final, quizá un día necesitemos que alguien nos ayude a levantarnos de la cama. Nadie tiene comprada la juventud ni la salud para siempre.

Por eso me pregunto si no estamos fallando como sociedad. Nos preocupamos por tantas cosas, discutimos de política, de economía, de fútbol, nos peleamos en las redes por cualquier tema… Pero ¿cuánto tiempo dedicamos a hablar de quienes muchas veces no tienen ni siquiera a alguien que les pregunte cómo están?

No alcanza con acordarnos de los viejos en una fecha especial. El cariño también se demuestra cuando hay que tener paciencia, cuando hay que acompañar al médico, cuando hay que escuchar la misma historia por décima vez o cuando una persona necesita ayuda para algo tan sencillo como comer.

No sé cuántos casos de maltrato a adultos mayores hay en Mendoza. Pero sí creo que deberíamos hablar más del tema, escuchar a quienes lo sufren y exigir que las denuncias se atiendan como corresponde. Porque detrás de cada caso hay una persona. No un número, no un expediente, no una carga para la familia. Una persona.

Y quiero terminar con una pregunta que me gustaría que nos hiciéramos todos. ¿Qué clase de sociedad somos si nuestros mayores tienen que soportar el maltrato por miedo a quedarse solos?

O peor todavía: ¿qué clase de sociedad somos si sabemos que esto pasa y preferimos mirar para otro lado?

Todos tenemos vecinos mayores que viven solos. ¿Estamos atentos? ¿Hablamos con ellos para saber cómo están? ¿Tenemos el número de algún familiar para avisarle si no los vemos o si les pasó algo?

Como hijos, ¿tenemos el número de vecinos para preguntarles si los han visto, cuando no nos atienden el teléfono? ¿Sabemos si pudieron comprar los remedios o si tienen alimentos básicos?

Si tienen cuidadores, ¿vigilamos el trato? ¿Vemos si los viejos están limpios, alimentados? ¿Sabemos quiénes son, donde viven, qué referencias tienen esos que están adentro de la casa en la que viven nuestros mayores?

Quizá algún día seamos nosotros quienes necesitemos que alguien nos tienda una mano.

Ojalá que todavía alguien piense en los viejos, ojalá que cuando ya no seamos productivos económicamente, tengamos una red que nos cuide, una familia que se preocupe y lleguemos al final acompañados por alguien a quien le importamos.

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