Mi lugar en el mundo, el Aeroclub San Martín.

¿Por que el Aeroclub San Martin es un lugar unico? Pasa y te lo cuento.

Mi lugar en el mundo, el Aeroclub San Martin, va más allá de un terreno, cemento, asfalto y paredes. No está fijo, emigra como las golondrinas y lo puedo llevar donde quiera. Es un gran sentido de pertenencia.

Pero vamos a hablar de nuestro nido, del punto geográfico que nuclea a un pequeño numero de locos lindos. Los he bautizado como una gran familia extravagante, que se reúnen con un solo propósito: volar.

¿Por qué? Porque nos hace inmensamente felices.

Si salen de ciudad por el acceso este, bajan por el carril chimbas y siguen por la ruta 50, van a ver, un poco antes del autódromo, el Aeroclub San Martin.

Probablemente sean recibidos primero por el Pucara y la Carola, dos de los tres perros del club. Tranquilos que ladran, pero no muerden. Si ven a la vieja Amelia, le hacen un cariño en la cabeza y son bienvenidos.

Se van a encontrar con una plataforma de asfalto y unos cuantos hangares. Algunos días hay más movimiento, otros son más tranquilos. Pero siempre va a haber alguien con una sonrisa y algo para compartir; ya sea un mate, un café, algo rico para comer o una anécdota.

En los hangares se hay aviones de todo tipo, como nuestro querido y amado PA-11, sin dudarlo la joyita del club, o el Blanik, donde muchos dieron sus primeros pasos aeronáuticos. Cada aeronave tiene una historia y un particular cariño por los socios.

Los sábados son un día especial, casi religioso diría. Cuando está lindo, nada me hace más feliz que llegar bien temprano, abrir los portones de los hangares y sentarme a tomar mate en una reposera. Espero toda la semana para ese momento.

Es un sacrificio muy grande trabajar todos los días para cumplir un sueño que, por ahora, solo se materializa en unos minutos al mando de un pequeño monomotor. Pero sé, que desde esas pistas, despegaron grandes profesionales. Quien les dice que no han subido a un avión de línea, comandado por un loco que un día estuvo limpiando el Tomahawk refunfuñando, después de haber tenido una difícil instrucción.

Por la mañana, van y vienen los alumnos de avión. Llegando la tarde, se empieza a poblar de los alumnos de planeador. Las mesas se hacen largas, entre carcajadas y buena comida; siempre alguien hace un asado.

Se hacen los preparativos y se viene la frutilla del postre, porque para eso venimos. A volar.

No hay en el mundo algo más fantástico que hacer lo que a uno le apasiona, lo que soñaste toda la vida. Para mí, volar es el maravilloso milagro de despegar una máquina de la tierra, algo que era solo un sueño hace no más de cien años y hoy es posible.

No existe un día que no me maraville el hecho de ver, tocar y volar un avión. No hay nada que me haga sentir tan pleno, todos los días me vuelve a sorprender y enamorar. Deseo que todos, por lo menos una vez en su vida, tengan la fortuna de entender y sentir lo que transmite el hecho de aterrizar y decirle al niño interior: “Mira, lo hicimos una vez más”.

El Aeroclub San Martin es un lugar hermoso, donde se cumplen los sueños de todos los que una vez vieron un avión y se imaginaron como se sentiría. Todavía no hay una palabra inventada para explicar lo que se siente.

Me veo en la obligación de llamarlos y decirles: vengan y se van a hacer de amigos para toda la vida. Los invito a cumplir el sueño de esos niños que, un día, miraron el cielo y soñaron con la libertad de surcarlo.

https://www.instagram.com/aerocsanmartin?obrf=MTZzeTZ2aTZjOWhwYg==

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