Era verano y con unos amigos habíamos decidido irnos a pasar el fin de semana a un campo de mi Santa Fe natal. Todos somos de Rosario, pero justo en esos días cumplía 15 años la sobrina de «el Cheto», como le decíamos a Marcelo, el amigo más chico del grupo. Marce nos invitó a todos a ir a la fiesta que se hacía en la localidad de Angélica, un pequeño poblado cerca de Rafaela y a 200 km de Rosario.


Partimos en dos autos: en uno iba «el Cheto» y Sergio, y en el otro Salvador (yo) y «el Perro Albarelo», quien tocó la guitarra durante todo el viaje. Decidí viajar en mi auto porque mi vieja estaba enferma y de esa forma podría volver más rápido.


Nos fuimos por la Ruta 34, que estaba bastante en mal estado, llena de baches y poco iluminada, pero demasiado transitada. Pasamos por varios campos a ritmo de guitarra y mate, nos paramos a mitad de camino a estirar las piernas y luego seguimos.


Llegamos a Angélica ese mismo día viernes a las 19 h. Nos recibieron los familiares de Marce, que ya estaban prendiendo el fuego para el asado. «Yo soy el padre de Milagros, la quinceañera», dijo Jorge, un hombre alto, robusto y de pelo canoso. «Bienvenidos y pasen a mi casa, que los están esperando».


Al entrar había gente con los preparativos. La abuela Dominga estaba sentada esperándonos con un rico bizcochuelo, mientras Carlos y Hernán (hermanos de Milagros) estaban salando la carne.


Jorge preparaba el fuego y la parrilla. «¿Vinieron por la 34? Esa tiene miles de historias», nos comentó con una gran sonrisa. «Yo viajé más de 20 años por esa ruta, desde que empezó la leyenda de «el aparecido»», frase que se me quedó en la memoria.


«¿Me podés contar eso?», le dije a Jorge. «Sí, mirá: supuestamente aparece un flaco al costado de la ruta que te pide que lo lleves y, una vez que lo cargás, no aparecés nunca más», murmuró, «pero yo nunca me lo me crucé». El miedo me heló la sangre.


Pasamos un fin de semana espectacular. La fiesta fue hermosa, bailamos hasta la madrugada, nos sacamos miles de fotos, todo venía muy lindo.


El domingo estábamos cansados, pero con ganas de seguir la joda. «El Perro» tocó la guitarra toda la tarde y, cuando estaba cayendo la noche, me llama mi hermana para contarme que mi mamá había empeorado un poco. «Venite, Salvador, así me ayudás a llevarla al hospital», exclamó antes de cortar; entonces decidí volver.


Los chicos prefirieron quedarse un día más. «Ojo», dijo Jorge, «cuidate mucho». Me hablaba desde la puerta de la casa cuando yo ya estaba en el auto.


Encaré de nuevo por la 34. En el camino venía pensando en mi vieja, en los problemas que tendría el lunes en la oficina; puse la radio para no dormirme, aunque a veces se escuchaba con interferencias. El camino estaba demasiado oscuro y lo raro era que estaba con poco tráfico.


De repente, de entre medio de unos matorrales, sale un hombre de unos 30 años y me hace señas para que lo lleve. Me detuve más adelante, pero recordé la historia del supuesto «aparecido» y arranqué de inmediato, escuchando gritos que se alejaban y se perdían en la oscuridad.


Manejé un poco asustado, pero me fui calmando. Pensaba que quizás era un viajero que iba de paso y que no me quería hacer nada, o era alguien que necesitaba ayuda y yo me escapé. La poca iluminación de la ruta tampoco ayudaba.


Decidí parar en la estación de servicio que estaba de paso para poder revisar el auto, ya que me quería asegurar de que todo estuviera bien. Cuando de repente observo que en la cerradura de la puerta trasera del lado del acompañante había algo que me dejó paralizado: tres garras colgaban de la manija con un hilo de sangre…

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