Esa noche, la escritora tenía todo listo para seguir escribiendo. El tinto se balanceaba lentamente en una copa, junto a la pantalla de la computadora.
«En otra época estaría escribiendo en una máquina de escribir», pensó. Pero los tiempos habían cambiado y, como tantos otros, ella también se había adaptado al mundo digital.
Esa misma mañana se había publicado una novela suya y solo esperaba una devolución: la de Marcos, un lector asiduo que, desde hacía un tiempo, le enviaba sus opiniones. Siempre lo hacía con respeto, acompañando sus comentarios con ideas y observaciones que le demostraban que verdaderamente la leía. Eso le gustaba. Incluso percibía cierta seducción en sus palabras, algo que tampoco le desagrada. Todo se mantenía dentro de los límites de la corrección. Estrictamente respetuoso.
El alcohol la desinhibe y también parecía inspirarla. Se puso a escribir y las palabras comenzaron a fluir. Cuando volvió a mirar la pantalla, después de un tiempo que le había parecido de apenas unos minutos, descubrió que habían pasado varias horas. Ya tenía escritas varias páginas de una nueva antología de cuentos.
Abrió una de sus redes sociales profesionales y allí lo encontró. Eran las tres de la mañana y Marcos acababa de enviarle un mensaje. En él, comentaba los aspectos más interesantes de su novela y se detenía especialmente en una escena: aquella en la que el protagonista tenía un encuentro furtivo con una mujer a la que había conocido a través de las redes sociales. Después de encontrarse en un bar, ambos decidían pasar juntos la noche.
Marcos le confesaba que, mientras leía, se había preguntado si algo así podía suceder en la realidad, aunque le parecía poco probable.
La escritora se quedó pensando. Consideró seriamente qué responder y cerró los ojos. Se dijo que no, que aquella fantasía solo existía en su imaginación. Sin embargo, cuando estaba a punto de cerrar la aplicación, reparó en un detalle. Junto al nombre de Marcos, un pequeño ícono verde indicaba que seguía conectado.
¿Qué tan mal quedaría si le escribía? En realidad, no le importaba demasiado. Si las cosas salían mal, siempre podía echarle la culpa al vino. No sería la primera vez.
Tomó otro sorbo y se armó de valor. Era ahora o nunca.
—¿Estás despierto?
—Claramente.
—¿Desvelado, igual que yo?
—Puede ser. ¿Sabés que hay algo que me da curiosidad?
—¿Por qué te escribí a las tres de la mañana?
—Bueno, eso también. Pero tenía otra duda.
—¿Cuál?
—¿Alguna vez te pasó algo parecido a lo que escribiste en tu novela? —preguntó Marcos.
—¿Un encuentro inesperado con un desconocido?
—Sí, algo así.
—No. Aunque supongo que nunca es tarde para que suceda.
—¿Y te gustaría?
La escritora miró su copa. El vino estaba casi terminado.
—Depende de quién sea el desconocido.
—¿Y si ya no fuera tan desconocido?
Ella soltó una carcajada.
—Me parece que estás empezando a entender cómo funciona esto.
—¿Cómo funciona qué?
—Que a veces uno puede tener ganas de conocer a alguien sin demasiadas explicaciones.
—¿Y qué harías si te propusiera tomar algo juntos esta noche?
Ella miró el reloj. Eran casi las cuatro.
—Te diría que es una hora bastante extraña para una primera cita.
—¿Y para una segunda?
—Eso depende de cuánto dure la primera.
Cerró los ojos. Quizá había quedado demasiado expuesta. El alcohol la había llevado a bajar la guardia y ahora no estaba segura de cuánto de lo que había dicho se atrevía realmente a sostener.
—¿De verdad estás dispuesta a conocer a un desconocido a esta hora o me estás poniendo a prueba? —le preguntó él.
—Una buena copa no se le niega a nadie. Aunque no conozco muchos bares que estén abiertos a esta hora.
—Yo sí. Soy un bicho nocturno.
—Somos dos.
—Te mando la ubicación por acá. ¿En una hora te parece?
Abrió el mapa de su celular y buscó el lugar. Estaba a apenas diez minutos de su casa y estaba abierto toda la noche.
—Media hora.
—No se diga más.
Cerró la computadora y sintió una adrenalina que hacía mucho no experimentaba. Cuando llevó suavemente una mano a su entrepierna, descubrió que aquella emoción también se había convertido en excitación.
No había nada prohibido en lo que estaba haciendo, pero sí cierto riesgo. En otras circunstancias, ni siquiera se habría planteado semejante posibilidad.
Cerró los ojos y comenzó a imaginar cómo sería tener a Marcos delante. Se preguntó cómo sería su voz, qué expresión tendría al verla y si aquella complicidad que habían construido a través de los mensajes se mantendría en persona.
Abrió los ojos y se dio cuenta de que se había quedado absorta en sus fantasías, dejando pasar el tiempo.
Se levantó de la silla y fue hasta el dormitorio. Abrió el armario y comenzó a buscar algo que ponerse. No quería arreglarse demasiado, aunque tampoco deseaba presentarse ante Marcos de cualquier manera.
Se miró al espejo, todavía en ropa interior, e imaginó que él la observaba. No como a uno de sus personajes de ficción, sino a ella misma. Había algo en la manera respetuosa y cuidadosa en que le escribía que la atraía, quizá sin que él siquiera lo supiera.
La posibilidad de que aquella noche terminara de una manera inesperada comenzó a entusiasmarla. Tanto, que perdió el hilo de lo que estaba haciendo.
Dejó sobre la cama el vestido negro y corto que había elegido y permaneció unos instantes inmóvil. La excitación, que había comenzado como una simple descarga de adrenalina, se había convertido en algo mucho más intenso. Ya no podía concentrarse en elegir qué ponerse.
Se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no quiso controlar sus pensamientos ni buscarles una explicación. Llevó su mano a su entrepierna y se permitió disfrutar de aquella fantasía, de la expectativa y de la libertad que sentía al saber que, por una vez, no tenía que escribir lo que deseaba, sino decidir si se animaba a vivirlo.
Cuando finalmente abrió los ojos, miró el reloj. No había pasado demasiado tiempo. Todavía tenía tiempo para prepararse.
Sonrió al pensar que, quizá, aquella sería una noche que terminaría convirtiéndose en uno de sus cuentos.
No pensó mucho lo demás. Se maquilló lo mínimo e indispensable, se puso el vestido y salió. Tomó un uber, ya que no quería manejar bebida a la vuelta. Mientras que iba camino al lugar no podía creer como, una hora antes, estaba escribiendo y tomando vino sola en su living, y ahora estaba yendo a encontrarse con un desconocido, que quizá no lo era tanto.
Cuando entró al bar iluminado tenuemente con luces cálidas, vio a Marcos sentado en la barra con un vaso corto tomando algo.
Él estaba mirando para la puerta, por ende se paró en el momento que la vio
—¿Llegaste hace mucho? Le dijo ella
—Unos minutos, los suficientes para tomarme medio whisky
—¿Nos quedamos en la barra?
—No, mejor vamos a una mesa, para poder conversar
Eligieron una mesa del fondo, y cuando se sentaron uno enfrente del otro él la miró y le dijo
—Pensé que quizá te ibas a arrepentir
—Mira que todavía estoy a tiempo
—Espero que no, le respondió Marcos, y se inclinó ligeramente hacia ella
ella.
—¿Sabés que me resulta extraño estar acá con vos?
—¿Por qué?
—Porque siento que ya te conozco, pero al mismo tiempo no sé absolutamente nada de vos.
Ella sostuvo su mirada. Había algo en aquella confesión que le gustaba.
—Quizás esa sea la parte interesante.
Marcos sonrió y acercó un poco más su silla a la de ella. La escritora notó el movimiento, pero no se apartó.
Por un instante, ninguno de los dos dijo nada. Ella pensó en todos los mensajes que se habían enviado, en la conversación que los había llevado hasta allí y en lo diferente que era tenerlo ahora tan cerca.
Marcos le rozó suavemente la mano sobre la mesa. Fue un gesto breve, casi una pregunta. Ella no retiró la suya.
Entonces comprendió que aquella noche ya había dejado de ser una simple fantasía.
Continuará…