El Mendolotudo no fue el primer pasquín de Mendoza. ¿Sabían?
Quizás haya sido el primero en llevar con orgullo un nombre semejante. Pero ese espíritu hecho de esgrima literaria, ironía, asuntos comunes y violencias elegantes ya lo tenía La Tarde en 1910.
Se presentaba como un “diario independiente ilustrado”. Había sido fundado por Lucio Funes y J. Alberto Castro y, desde una redacción ubicada en la calle San Juan, pretendía sacudir lo que sus propios creadores definían como el adormecimiento de la opinión pública mendocina.
No elegía la grosería cuando podía servirse de la ironía. Prefería la habilidad verbal a la puñalada. Abría sus páginas a las discusiones políticas, a los conflictos sociales y a las Noticias Obreras, porque entendía que el periodismo era también una cátedra para las multitudes.
No era un periódico de obreros, pero consideraba que los obreros tenían derecho a formar parte de la conversación pública. No era un diario feminista —faltaban muchas décadas para que esa palabra pudiera ocupar una redacción con la fuerza que hoy tiene—, pero estaba dispuesto a convertir los asuntos cotidianos en debates capaces de involucrar a toda una sociedad.
Y lo hacía provocando.
La nota del Dr. Bomur titulada «¿Las mujeres sexualizaron el gimnasio o los hombres son cada vez más pajines?» me hizo viajar hacia ese pasado.
No porque en 1910 existieran las redes sociales, los gimnasios actuales ni las calzas diseñadas para que una mujer pueda entrenar sin que la ropa se le caiga, se le enganche o le impida moverse.
Me hizo viajar porque, más de un siglo antes, La Tarde había formulado otra pregunta sobre las mujeres.
El 21 de noviembre de 1914 publicó un artículo de Juan Pittau que discutía si las maestras debían ser casadas o solteras.
El autor sostenía que no debería haber maestras solteras porque la tarea docente requería, según él, una serenidad espiritual y una vida tranquila que aparentemente solo el matrimonio podía proporcionar. La mujer podía enseñar, desde luego, pero antes debía comparecer ante la opinión pública para explicar su estado civil.
La nota provocó una polémica y el diario decidió consultar a sus lectores. Votaron miles de personas: 1743 prefirieron maestras casadas; 953 se inclinaron por las solteras; y un hombre —uno solo— no consiguió decidirse.
El episodio fue documentado por el periodista e investigador Jorge Enrique Oviedo a partir de la consulta de la prensa mendocina de época y posteriormente recogido en su libro Las (otras) historias de Mendoza, publicado por EDIFYL-UNCuyo.
Más de un siglo después, la pregunta cambió de escenario, pero conserva una estructura inquietantemente familiar.
En 1914 se preguntaban qué debía hacer una mujer con su vida privada para merecer un lugar frente a un aula. En 2026 se pregunta qué hizo una mujer con su cuerpo y con su ropa desde que comenzó a ocupar masivamente un gimnasio.
Antes se examinaba su estado civil. Ahora se examinan sus calzas.
La discusión comienza, en ambos casos, cuando las mujeres ya están adentro.
Las maestras habían entrado en las escuelas y alguien necesitó preguntarse si una soltera poseía la estabilidad moral suficiente para educar. Las mujeres entraron en las salas de musculación, comenzaron a levantar peso, a desarrollar fuerza, a fotografiar sus progresos y a ocupar un territorio que durante mucho tiempo se consideró masculino. Entonces alguien necesitó preguntarse si lo habíamos sexualizado.
No se preguntó qué sucede cuando una mujer intenta entrenar bajo una mirada insistente. No se preguntó por qué todavía necesitamos calcular qué ropa ponernos para evitar que nuestra presencia sea interpretada como una invitación. No se preguntó cuántas abandonaron un gimnasio por sentirse observadas, seguidas o importunadas. No se preguntó por qué una mujer debe demostrar que fue a entrenar y no a provocar. Se preguntó si fuimos nosotras quienes sexualizamos el espacio.
La nota contiene una contradicción que no puedo ignorar. En varios momentos reconoce que una mujer tiene derecho a utilizar la ropa que le resulte cómoda; que una calza no constituye una invitación; que mostrar el resultado de meses de entrenamiento no equivale necesariamente a ofrecer el cuerpo; y que ninguna vestimenta habilita el acoso, los comentarios insistentes ni las miradas lascivas.
Podríamos habernos quedado ahí.
Pero después se afirma que los hombres serían “pajines” por naturaleza o por genética y que las mujeres seríamos naturalmente coquetas y más preocupadas por la ropa.
Y así, una nota que parecía dispuesta a liberar la ropa femenina de la sospecha vuelve a sentarla en el banquillo.
Decir que los hombres miran de determinada manera porque son así “por naturaleza” no es una explicación.
Es una absolución anticipada.
Convierte una conducta en destino biológico.
Y decir que las mujeres somos coquetas por naturaleza tampoco nos comprende: nos reduce. Como si todas habitáramos nuestros cuerpos de la misma manera. Como si vestirnos, entrenar, fotografiarnos, seducir, no seducir, gustarnos o no querer ser miradas fueran expresiones de una única esencia femenina.
Después llegan las opiniones de amigos y lectores. Algunas reflexionan. Otras describen los genitales y los cuerpos de las mujeres con una vulgaridad que pretende pasar por sinceridad popular.
Dar voz a la gente común es una de las virtudes de un pasquín. Pero dar voz no significa renunciar al criterio. Ser popular no obliga a ser degradante. Ser irreverente no exige convertir el cuerpo de una mujer en carnada. Abrir una conversación no significa colocar una humillación y una experiencia de acoso en dos platillos equivalentes para preguntar quién tiene razón.
No quiero que el Mendo deje de formular preguntas incómodas. Quiero que aprendamos a reconocer cuándo una pregunta incomoda al poder y cuándo vuelve a incomodar a quienes llevan más de un siglo justificando su presencia.
Porque no es lo mismo preguntarle a una institución por qué excluye a las mujeres que preguntarles a las mujeres qué hicieron para alterar una institución. No es lo mismo interrogar la mirada del que observa que interrogar la ropa de quien es observada. No es lo mismo discutir el acoso que preguntar cuánto colaboró la acosada con la escena.
Las palabras importan. Los títulos importan. Las preguntas nunca son inocentes, porque antes de permitirnos contestar ya decidieron qué cosas serán consideradas problemáticas.
En 1914, la mujer problemática era la maestra soltera. ¿Y ahora es la mujer en calzas?
A las dos se les concede el derecho de estar, pero bajo observación.
Hoy quiero retirar a todas las mujeres de ese tribunal.
Libero a la maestra casada y a la soltera.
Libero a la que no quiere casarse y a la que encontró en el matrimonio una forma de felicidad.
Libero a la mujer que entrena con un pantalón holgado y a la que usa la calza más ajustada que encontró.
Libero a la que se fotografía frente al espejo porque está orgullosa del músculo que construyó.
Libero a la que no quiere aparecer en ninguna fotografía.
Libero a la que va al gimnasio para cuidar su salud, recomponer su cuerpo después de un embarazo, atravesar la menopausia, aliviar la ansiedad, fortalecer la espalda, levantar cien kilos o encontrarse con alguien que le gusta.
También libero a la que quiere seducir. Porque el deseo de una mujer no constituye una autorización general. Una mujer puede vestirse para ser mirada y conservar intacto el derecho a elegir quién la mira, cómo se acerca y hasta dónde puede llegar.
Libero a la coqueta y a la desarreglada. A la que se maquilla para entrenar y a la que llega con la cara cansada. A la musculosa, a la delgada, a la gorda, a la joven, a la anciana, a la que recién comienza y a la que ocupa una máquina con la seguridad de quien lleva veinte años levantando peso.
Porque nunca estuvimos presas de nuestra ropa, de nuestro estado civil ni de nuestros cuerpos, sino de preguntas formuladas por esos otros que se sienten dueños.
La Tarde consiguió que miles de mendocinos discutieran si una maestra debía estar casada. Gracias a esas páginas hoy podemos mirar hacia atrás y reconocer el prejuicio de una época.
El Mendolotudo pregunta si las mujeres sexualizamos el gimnasio. Quizá dentro de otros ciento doce años alguien encuentre esa nota y reconozca el prejuicio —¿y la evolución?— de la nuestra.
Seguís pensando que la pregunta es qué les hicieron las mujeres a los gimnasios y no qué les ocurre todavía a ciertos espacios cuando las mujeres dejan de pedir permiso para ocuparlos.
112 años y todavía no se dan cuenta de que nunca fuimos un problema por resolver. Somos, y eso jode si no somos para ustedes.
También te libero a vos, que te juzgaron de depredador por genética.
Y me libero yo… hoy vine sin máscara.
Sin más, saluda atentamente
Julieta Destefani.
P.D.: Un abrazo retroactivo a ese «uno solo» de miles, que se animó a pensar diferente. Gracias, il vero caballero. L’unico.
1 comentario en “No sería la primera vez”
Excelente nota mil aplausos …mucho para pensar .. gracias ?