Un día, trabajando por Tres Porteños, me había llamado Don Raúl, del corralón del pueblo que lleva el mismo nombre, para efectuar unos arreglos eléctricos. Estaba trabajando en uno de los galpones cuando se vino la noche y, con la noche, lo que parecía una gran tormenta.
Entonces Don Raúl me dijo: «No se vaya, Don Horacio, pase la noche acá. Tengo lugar donde puede quedarse».
Después de meditar unos instantes, tomé la decisión de que quedarme sería lo acertado. Llamé por teléfono a mi familia, avisándole que iba a pasar la noche en Tres Porteños.
Esa noche Don Raúl había preparado un guiso que compartió conmigo. Mientras comíamos, me miró y me dijo: «Horacio, le voy a contar algo. Algunos creen mucho, algunos creen poco y otros no creen, pero esto es vox populi en el pueblo». Sirvió un vaso de vino, luego se sirvió él y continuó con su relato:
«Le voy a contar una historia con la condición de que, luego de que se la cuente, usted no haga ningún tipo de juicio de valor sobre mí.
Cuando yo era joven, habrá tenido unos 20 años, había una finca muy cerca de la finca de mis padres. En esa finca vivían los Guzmán, una familia marcada por continuas tragedias. Don Guzmán, el marido de Doña Elba, había muerto cuando estaba trabajando en la finca. Según se cuenta, se cayó del caballo y el caballo le pateó la cabeza, dejándolo sin vida.
La única hija de Don Guzmán y Doña Elba era Cecilia. A los 15 años, cambiando un foco del velador en su habitación, también murió electrocutada.
Así que solo quedaba Doña Elba en la finca y una adolescente que Doña Elba adoptó posteriormente a estas desgracias, para no estar sola. Pero nunca le tomó el cariño que le tenía a su hija. Simplemente era una empleada doméstica con su guardapolvo celeste y su obediencia constante a Doña Elba.
A la familia solo le quedaba un matrimonio, que era su sobrina Ana, el marido Roberto y el pequeño Agustín, a quien ella tampoco les tenía cariño, dado que siempre peleaba con la mamá de Ana y, tras morir la mamá de Ana, ese rencor lo trasladó a Ana.
Cierto día, Ana y Roberto decidieron ir de vacaciones a Mar del Plata en su auto. Desgraciadamente, un conductor ebrio acabó con la vida del matrimonio y dejó con graves heridas a su hijo pequeño, Agustín. Le decían Agus. Él tenía unos 9 años. Luego de ser intervenido quirúrgicamente durante más de 12 horas, el niño quedó con una salud algo débil y su único familiar directo era Doña Elba. Así que el juzgado no demoró mucho tiempo en darle la tutoría a la señora.
Comenzó a convivir en la finca con la que podríamos decir que era su tía abuela. Doña Elba había trasladado todo el rencor y odio hacia el pequeño. Entonces lo maltrataba continuamente, no de una manera física, sino de una manera metódica, psicológica. Y por qué no, psicopática, privándolo constantemente de pequeños placeres.
‘Agustín, no comas pan con manteca, te hace mal. Agustín, no mires televisión, esos dibujitos te volverán violento. Agustín, no salgas a la calle, esos chicos te van a lastimar’. Y así, constantemente, le hacía la vida difícil al pequeño niño.
En el fondo de la finca había un gallinero con unas pocas gallinas que quedaban, ya que desde la muerte de Don Guzmán nadie más se había dedicado a la crianza de animales. Agus comenzó a ir al gallinero y a jugar con las dos o tres gallinas que había, cada vez que Doña Elba se iba de compras, y empezó a tomarle cariño a los animalitos.
Un día llegó antes de tiempo, lo vio y le dijo: ‘Agustín, esas gallinas pueden tener enfermedades que te pueden hacer daño. Así que las voy a regalar’. Y así lo hizo. Agustín se sintió muy triste.
A los pocos días, Agustín paseaba por la finca y escuchó un ruido dentro del gallinero. Su curiosidad de niño lo hizo entrar y mirar, y se encontró con la sorpresa de una rata blanca enorme, de ojos rojos, que lo miró y él sintió que le sonrió. Se acercó y le dio un beso.
Él y la rata empezaron a tener una relación muy afectuosa. Él le contaba todos sus sufrimientos y tristezas y la rata parecía entenderlo. Todas las noches rezaba y le pedía a Dios crecer para no vivir más los maltratos que sufría y llevarse a su rata blanca, que había bautizado como Nerina, a su habitación.
Todas las noches rezaba: ‘Nerina, por favor, ayúdame. Por favor, te ruego que me cuides’. Y así, en sus fantasías infantiles, la rata era como una diosa mágica que lo protegía. Y él todos los días le llevaba comida.
Un domingo, la empleada de los quehaceres domésticos que Doña Elba había adoptado le comentó que Agus seguía yendo al gallinero.
Enfurecida, Doña Elba le dijo: ‘¡Me tenés cansada, Agustín! ¡Voy a prender fuego el gallinero!’. Salió corriendo hacia el fondo, donde está el gallinero, con un bidón de nafta y un encendedor, y Agustín le rogaba que no lo hiciera porque estaba su Santa Rata Nerina.
Sin embargo, ella lo encerró en la casa, así que él veía mientras ella iba hacia el gallinero para incendiarlo. Se cayó de rodillas y comenzó a rezar a los gritos: ‘¡Santa Blanca Nerina, pido a Dios que te proteja de todo mal! ¡Santa protectora, protégeme!’.
A los minutos, unos gritos desgarradores provenían del gallinero. La empleada corrió hacia él y salió empapada en sangre, gritando: ‘¡Las ratas se comieron a Doña Elba! ¡Las ratas se comieron a Doña Elba!’.
Agustín, desde la cocina, observaba el guardapolvo manchado de sangre de la chica. En ese instante, sin decir nada, sin tener ningún tipo de expresión en su mirada, abrió la heladera, se hizo un pan con manteca, prendió el televisor y se fue a su habitación.
Aliviado, se sentó en la cama. Cuando miró hacia la almohada, estaba su rata blanca con una oreja en la boca de Doña Elba, en modo de tributo al niño.
El niño le sonrió, la acarició y por fin se sintió libre…
Mi incredulidad ante el relato se había convertido en curiosidad.
—¿Y qué más pasó? Cuénteme.
—Mire, Horacio, esto es lo que sé de los hechos. Mi madre decía que esa familia pagaba una deuda con el diablo, porque sus ancestros, una bisabuela había sido bruja y había quedado en deuda con el diablo.
Mudo comí, me tomé media copa de vino y al día siguiente volví hacia la ciudad, pero yo ya no era el mismo. Pensé mucho tiempo en el relato y pensé: hay gente que cree mucho, hay gente que cree poco y hay gente que no cree.
Después de leer la historia que me contaron… ¿vos de cuáles sos?»