Angie ya no era la misma persona que había conocido a Ramiro tiempo atrás. La facultad era el único lugar donde todavía encontraba certezas. Todo lo demás se había convertido en una maraña de preguntas sin respuesta. Ramiro ignoraba todo esa caos que ella deliberadamente no quería que supiese, pero lo llevaba encima todos los días. Y aunque intentaba convencerse de que aquello pasaría, sabía que gran parte de esa transformación tenía que ver con Mario. Con lo que despertaba en ella. Con la persona que era cuando estaba a su lado. Y no estaba segura de querer dejar eso atrás.

Las cosas con Ramiro iban viento en popa, y ya estaba elegido el salón para festejar el casamiento: sería en un restaurant con una estrella Michelín, recientemente adquirido por el grupo inversor de Marcela, y, justamente por eso, es que ella estaba más involucrada que de lo normal.

—No te olvides que esta noche tenemos reunión con el chef para definir el menú —dijo Ramiro mientras servía café.

—¿Ya? Siento que llevamos semanas hablando de lo mismo.

—Es una sola reunión, Angie.

—Sí, pero sabés perfectamente que tu mamá ya tiene decidido hasta el color de las servilletas.

Ramiro dejó la taza sobre la mesa.

—Quiere ayudarnos.

—Quiere organizar su evento favorito del año.

—No seas injusta.

—¿Injusta?

—Sí. Cada vez que ella propone algo te cerrás. Y después decís que nada te representa.

La verdad que Ramiro tenía un poco de razón, pero en el momento ella no le importó. Quería tiempo para ir a ver a Mario en la tarde, que sabía que la estaba esperando en un hotel que había alquilado por unas horas.

—Está bien. Voy a ir.

—No se trata de que vayas por obligación.

—Ramiro…

—No, escuchame. A veces siento que este casamiento te entusiasma cada vez menos.
A Angie se le hizo un nudo en el estómago. Esa frase no estaba muy lejos de la realidad.

A Angie se le hizo un nudo en el estómago. Esa frase no estaba muy lejos de la realidad.

—Bueno, ya está. Tengo que irme —dijo Angie mientras dejaba la taza vacía sobre la mesa.

—Mandame la ubicación para esta noche.

—¿A dónde te vas tan rápido?

—Tengo una reunión con la modista. Voy a ver diseños del vestido, para que veas que sí me importa.

—¿Querés que le pregunte a mi mamá si te quiere acompañar?

—No, esto quiero decidirlo sola. Nos vemos más tarde.

A continuación, Angie le dio un beso simple a Ramiro y se despidió. En su celular, en el último mensaje de Mario, estaba la dirección del hotel.

Cuando entró al lobby, ella respondió: «Estoy acá». Al instante recibió la respuesta: «404».

Angie entró al ascensor y marcó el cuarto piso. Él la estaba esperando.

Cuando Mario abrió la puerta de la habitación, se le abalanzó y le dio un beso apresurado, con aliento a vino y desesperación. Aun así, ella le correspondió y cerró la puerta tras de sí mientras él le desabrochaba los botones de la camisa y ella sentía cómo el placer iba aumentando. Sabía a qué había ido y sabía lo que iban a hacer. Necesitaba sentirse con él.

—Me quiero separar, preciosa —le dijo Mario en la cama, con una copa de vino en la mano.

Angie lo miró de golpe.

—¿Y Marcela?

—La quiero y siento que la voy a seguir queriendo, de un modo u otro. Pero ya no es lo mismo.

—Eso no me suena muy típico de alguien que se quiere separar.

—Es que el problema no es el amor.

—¿Y entonces?

Mario sonrió con amargura y miró su copa de vino, casi vacía.

—Que un día te despertás y te das cuenta de que llevás años viviendo una vida que elegiste hace mucho tiempo por miedo a saltar hacia lo desconocido. Y ya no sabés si la seguís viviendo porque la querés o porque te acostumbraste.

—Pero así estás viviendo en una resignación.

—Ahora me vas a decir que a vos no te pasa nada parecido.

Angie lo miró sorprendida.

—No, ¿qué decís?

—Sí. Con Ramiro.

—No es lo mismo.

—No dije que fuera lo mismo.

Mario dejó la copa sobre la mesa.

—Pero te conozco lo suficiente como para darme cuenta de cuándo estás actuando.

—¿Y cuándo actúo?

—Cuando hablás del casamiento.

Angie se quedó sin palabras.

—Nada que ver. Ramiro es bueno conmigo y me quiere.

—No me cabe la menor duda.

—Me ofrece estabilidad, me ofrece una familia y yo también lo quiero a él.

—Tampoco lo dudo. Pero cuando hablás de él, hablás de estabilidad.

—Entonces no entiendo qué estás tratando de decir.

Mario giró la copa entre los dedos.

—Que cada vez que hablás de él, me hablás de tranquilidad.

—¿Y qué tiene de malo?

—Nada.

Le sostuvo la mirada.

—El problema es que yo sé cómo es vivir solamente de tranquilidad. ¿Y sabés qué es lo que más me preocupa?

—¿Qué?

—Que creo que ya sabés que hay cosas que con Ramiro nunca vas a sentir.

Angie se quedó muda. Mario le ponía en palabras lo que le pasaba y no se animaba a decírselo a sí misma. Fue cuando miró la botella que estaba en la mesa de luz. Malbec, otra vez. Sonrió con cansancio. Parecía imposible escapar de ciertas costumbres. Despacio, se sirvió en una copa y se la tomó de un trago.

—Ahora no quiero pensar. Tengo poco tiempo.

Entonces ella lo miró de frente mientras él se acercaba como un león a su presa y desprendía, de a uno, los botones de la camisa.

Esa noche, mientras se encaminaba a ver a Ramiro y Marcela, intentó convencerse de que Mario exageraba, pero algo dentro suyo le decía que lo único que él había hecho era poner en palabras algo que ella venía sintiendo hacía un tiempo.

Sentada en el restaurante, miraba cómo el chef traía opciones que ella probaba sin demasiadas ganas y respondía con monosílabos o frases cortas a las preguntas que Ramiro le hacía. Sentía una nube de pesadez mental. Pensó que debía estar entusiasmada con la elección del menú, pero sentía hastío ante la necesidad de elegir entre carnes rojas o pescados como comida principal del casamiento.

—Amor, ¿qué te pasa? ¿La facultad te tiene mal? —le preguntó Ramiro cuando aquella cena terminó—. Quedate a dormir en casa, así te desestresás.

Ella asintió. Quizá había sido la situación con Mario, quizá la cena o quizá algo más profundo.

Aquella noche hicieron el amor y Angie no pudo llegar al orgasmo, aunque no se lo hizo notar a Ramiro. Tenía la cabeza en cualquier lado. No era la primera vez que le pasaba.

Ramiro se quedó dormido antes que ella. Angie se quedó despierta mirando el techo, mientras la mano de él descansaba sobre su cintura. Todo el ambiente estaba tranquilo. Una imagen cotidiana que le debería transmitir felicidad ahora solo le transmitía tristeza, porque la realidad era que lo quería, lo quería de verdad, y precisamente por eso entendió que no podía seguir.

Ramiro merecía a alguien que lo eligiera sin dudas. Y ella ya no era esa persona.

Los meses comenzaron a pasar y la fecha del casamiento se acercaba cada vez más. Angie se concentró en la facultad, en los preparativos y en intentar recuperar una normalidad que ya no sabía si existía. Hacía semanas que ignoraba los mensajes de Mario. No porque hubiese dejado de pensar en él, sino porque había comprendido que seguir buscándolo solo prolongaba una decisión que, tarde o temprano, tendría que tomar.

Esa tarde, después de arreglar unas cosas de la decoración, Marcela ya se encontraba en lo de la modista para las pruebas finales del vestido.

Había elegido una tela color marfil, con detalles que había elegido su suegra, para que ella sintiera que era tomada en cuenta.

Cuando se puso el vestido frente al espejo, la modista la miró, sonrió y le dijo:

—Te queda perfecto.

Ella lo miró y se miró en él. De pronto, lo entendió. El vestido era perfecto, pero ella no se veía en él, y quizá nunca lo hizo.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. La verdad llegó como un balde de agua fría, y no aceptarla la iba a condenar a una vida que, en apariencia, era lo que ella quería, aunque la realidad era que no podía alejarse más de su verdadera felicidad.

En ese momento supo perfectamente lo que tenía que hacer: dejar de mentirse a sí misma y, sobre todo, a Ramiro. Se merecía algo mejor. Pero iba a doler.

Citó a Ramiro en un bar en plena Peatonal Sarmiento. En su mente ya tenía todas las cosas que le quería decir. Quizá el nombre de su suegro apareciese, quizá no.

—Hola, amor. ¿Cómo estás? —la saludó con un beso.

—No estoy bien. No es por el casamiento, pero vengo pensando hace mucho una cosa.

—No querés que nos casemos, ¿verdad? Te creés que no me doy cuenta, pero sí. Te cambia la cara para mal cuando toco el tema.

Una lágrima comenzó a aparecer en los ojos de Angie.

—Creo que tenemos que terminar las cosas acá. No es solo que el casamiento me está estresando, sino que noto que estoy siendo injusta con vos. Te merecés alguien que te ame con locura y que…

—No me amás. Listo. No me tenés que dar más explicaciones —le respondió Ramiro.

—Sí, te amo, pero…

—Hay otra persona, ¿verdad? Séme honesta, por última vez.

—Sí. Pero no te voy a dejar por esa persona. Esa persona me enseñó lo que quiero de mi vida ahora y en el futuro. Voy a estar sola. Quiero irme a España cuando termine la facultad. Quiero otra cosa.

—Es mi culpa por ser tan intenso.

—No. No es culpa de nadie.

Ambos comenzaron a sollozar, pero ya no había vuelta atrás.

Pasaron algunos meses. Angie terminó la facultad, hizo las valijas y se fue a España. De Mario no volvió a saber nada. No hubo una última conversación ni una despedida; después de aquella última vez, simplemente dejaron de escribirse.

De Ramiro supo algo tiempo después, por una fotografía que le llegó de casualidad: estaba casado, sonriendo junto a una mujer que Angie no conocía, con una mano apoyada sobre su vientre. Iban a tener un hijo.

Sonrió al verla. Le dolió un poco, pero no de la manera que había imaginado.

Una tarde, nuevamente en Mendoza, mientras tomaba un café, escuchó una voz detrás de ella.

—¿Angie?

Se dio vuelta. Mario estaba ahí.

Había cambiado. O quizá era ella quien lo veía distinto. Le contó que Marcela vivía en otro país y que finalmente se habían separado. Hablaron durante un rato de cosas que ya no importaban demasiado: la bodega, los hijos, Mendoza, España.

Cuando llegó el momento de despedirse, Mario la miró de esa manera que ella conocía demasiado bien.

—Seguís teniendo esa mirada.

Angie sonrió.

—Y vos seguís creyendo que sabés demasiado.

Se despidieron con un beso en la mejilla. Ella caminó hacia la puerta. Antes de salir, miró hacia atrás.

Mario seguía mirándola.

Y Angie sonrió.

FIN

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