¿Vos sabías que aún quedan tiendas de revistas en Mendoza? Bah, en realidad no son de revistas al cien por cien, sino anexos ubicados en habitaciones escondidas de algunas librerías. No te culpo si no las viste: apuntan a un público muy específico, hombres de 35 a 50 años con problemas de insomnio. Porque seamos sinceros, ¿cuál es el mejor remedio para el insomnio? La paja, hermano. ¿Y el mayor enemigo de un sueño reparador? El celular. El tema es que sin el estímulo adecuado las ideas se agotan; rememorás ese polvazo de hace dos años, pero ya es como ver Terminator II todos los días, te terminás aburriendo. Ahí mismo es cuando entra en la conversación mi psicólogo, Raúl.
Raúl me aconsejó dejar el celular lejos de la cama y relajarme antes de dormir. Consciente de este problema masculino, me sugirió visitar la librería Iris, de la calle San Luis, donde tienen una habitación dedicada a las revistas XXX. No te voy a mentir, apenas entré me dio algo de nostalgia. Se me vino a la mente mi primera paja, o aquella vez que me echaron de un videoclub por estar revisando la contratapa de las películas porno. No es el lugar sórdido que ustedes imaginan; lo frecuentan personas como nosotros, que simplemente ven en estas revistas una vía de escape ante el insomnio. Remedio natural y al alcance de la mano. Nunca mejor dicho.

La chica de la rotisería
Más allá de la nostalgia y de la necesidad de abandonar las pantallas para remediar mi insomnio, descubrí cierta magia en la pornografía impresa: sets bien diseñados, fotografía cuidada, iluminación, sombras, personajes, actores y actrices que se repetían constantemente. La actriz que más me llamó la atención fue una de curvas pronunciadas y algo gordita, menuda de estatura, pelo ondulado, piel blanca como la leche y ojos color almendra, que usaba el seudónimo Charlise Deron. Busqué todas las revistas donde aparecía acreditada y me centraba únicamente en sus secciones. En algunas ocasiones personificaba a una secretaria, a una maestra, a una policía, y sorprendentemente encajaba en todos esos roles porque su belleza era cautivante, pero no de telenovela ni de Hollywood: es de esas que podés encontrarte en el quiosco o detrás de un mostrador.
Sin quererlo. empecé a ver a Charlise en todas las esquinas. La buscaba en la de la heladería, la farmacéutica o la bróker de seguros, pero a todas les faltaba o les sobraba algo. Su rasgo más distintivo, ese pelo ondulado, era irremplazable desde cualquier ángulo, daba forma y vestia su voluptuosa figura.
Un día sábado fui a la rotisería del barrio a comprar un par de hamburguesas y una porción de papas con cheddar. Cuando llegó el momento de pagar se acercó una chica nueva de unos veintitantos años, y ahí me di cuenta: ella era Charlise. Idéntica. El pelo ondulado, la piel blanca, las curvas exactas.
—Oba, ¿qué addabas buscaddo? —dijo apoyando los codos en el mostrador.
—Hola… —Atiné a responder, petrificado.

No podía creerlo. Era Charlise, pero con un tono gangoso atroz, como si tuviera las fosas nasales selladas al vacío. La voz rompió toda la magia en un segundo.
¿Cómo podía irrumpir en escena con semejante timbre nasal? ¿Esa era la voz real que escuchaban sus compañeros de reparto cuando les pedía que le dieran más duro? ¿Qué clase de oficial de policía podía intimidar a un ladrón diciendo: «¡Arriba bas bados, quedás debugcido por la bed!»? ¿Qué autoridad podía proyectar una jefa ejecutiva si, además de ir escotada a la oficina, le tiraba al empleado: «—Licardo, decesito el idborme bala ya, y si quelés bodés tilármelo ed el esplitorio»?
Me quedé absorto en mis pensamientos y, como suelo hacer, me desconecté totalmente de la realidad hasta que su voz nasal me trajo de vuelta:
—¿Bada pedir algo?
—Sí, tu nombre.
—Datalia, ¿y vos?
—Rubén.
—Bucho gusto, Rubéd. ¿Qué te preparo?
—Dos promos de hamburguesas.
—¿Cod o sid cheddal?
En ese momento se me escapó una media sonrisa. La forma en que pronunció «cheddar», fue inesperadamente tierna, y ella se dio cuenta al toque.
—Sí, con doble cheddar.
—Buedo, Rubéd, tedés dos probos cod doble cheddal —dijo mientras me clavaba la mirada con una sonrisita pícara.
Venytesienta
Esa noche no pude dejar de pensar en Datalia, y en Charlise, tanto fue así que me fui antes de la juntada para poder hojear en las revistas, no para acogotar el ganso sino para verificar algo; y estaba en lo cierto: En la edición 25 de la revista “Gozo total” Charlise interpretaba a una especie de cenicienta, una parodia llamada “Venytesienta”. La actriz sonreía mostrando un colmillo afilado, idéntico al de Natalia. Todo cobró sentido. Su voz gangosa dejó de ser una pieza discordante y pasó a ser un detalle más de esa magnífica diosa a la que adoraba en silencio. Al tener su voz podía hablar, y mierda si lo hice.
En el mundo real aprendí a reprimir mis sentimientos; era un cobarde de manual, pero en el reino de Morfeo era don carisma, y Charlise caía todas las noches rendida a mis pies. Tuvimos encuentros oníricos memorables. Como en el consultorio odontológico, donde me anestesió poniéndome las tetas en la cara al grito de «¡Sí, cod estas!», o en la oficina vacía del director. Y debo admitir que tanto el sillón del dentista como las sillas anatómicas resultaron ser utilerías excelentes para el coito.
Estos encuentros se extendieron durante seis meses. Fui todos los días a la rotisería de “Dati”. La balanza acusó el impacto de las calorías desde la primera semana, pero ver ese colmillito asomando valía cada kilo y cada centavo invertido.
Un sábado tomé coraje, me perfumé, elegí una remera que me quedaba bien y llegué al local. Ahí estaba ella, hermosa, transpirando por el trabajo. Una gota de sudor le cayó a los labios y en un acto reflejo se secó con la misma mano que sostenía las papas fritas.
—Ay, disculpabe pol favol, do be di cuelta.
—Mi amor, por favor, no te disculpes. La próxima vez te lo seco yo.
Su expresión se transformó en una mezcla de sorpresa, indignación y después miedo. ¿Miedo? ¿Por qué? Por la piña que me estaba por pegar su marido, el dueño del local. La piña que me bajó tres dientes.
Lo único que pude hacer fue salir corriendo para tropezarme en la vereda, rodeado de gente que había visto y escuchado todo. La sangre brotaba de mi boca, mezclada con pedazos de dientes; era tal la vergüenza que ni siquiera me anime a ir al hospital. Pensé en la situación y sentí vergüenza ajena por mí: «—¿Qué le pasó? —Me trompeó el marido de una mina a la que le dedico pajas a diario».
Me tomé una cerveza solo, como siempre, y una sopita instantánea. Me acosté rápido para visitar a la única que sí me correspondía: Charlise. En esta ocasión yo iba a la guardia a tratar un intenso dolor en mi boca, pero la sala de espera estaba llena de gente. Salió con una planilla en las manos, me pare de inmediato para entrar a la “consulta”:
—Pedesich.
—Perdon, estoy yo —dije mientras le sonreía.
—¿Usted es Pedesich? —respondió seria y con una expresión totalmente impropia de ella.
—No.
—Edtodces tedés que espelar.
Esperé durante horas. Por los nervios volví a un viejo habito, el de comerme las uñas, pero con una furia propia de quien sabe que no es un daño real, con bronca, con odio. Charlise me atendió de muy mala gana, me recetó desinflamante para la boca, y me derivó a un odontólogo.
A carne viva.
Me desperté con todo el pecho pegoteado con restos de sangre, la boca reseca, con gusto a hierro, incluso las sábanas estaban sucias. Por un momento creí que me había meado encima, pero era todo sangre. ¿Cuánta sangre podía perder por la boca? En el baño, al mirarme en el espejo noté algo entre mis dientes, un pedazo de carne. Lo escupí en mi mano, abrí la canilla para verlo mejor y el agua helada me hizo retorcer del dolor. Tenía los dedos en carne viva, como masticada.

Me envolví los pequeños muñones con cinta aisladora y tomé dos pastillas para dormir, o para volver a verla. La veía, pero era cada vez más distante. Pasó de la seriedad al asqueo y, finalmente, al sentimiento más doloroso de todos: la total indiferencia. Cada vez que lo intentaba era peor y, al cabo de un mes. me quedaba solo media falange del dedo meñique izquierdo, el más irrelevante de todos los dedos y el único que no podía alcanzar a morder del todo. ¿Sabías que no podés masticar con los colmillos?
¿Qué me costaba subir un cerro, o salir a trotar para terminar el día cansado? Viéndolo en retrospectiva hubiera salido mejor si subía la dosis de pastillas y me hacía la paja viendo el celular. Porque ahora, con medio muñón, no puedo hacerme la paja, ni hojear una puta revista, ni siquiera limpiarme el puto culo.
1 comentario en “Comerse las uñas”
Lo bueno es que ahora no está hasta las manos.
Muy buen relato.