Suit Jom Luzuriaga II

A la Luz Mala se la puede ver en los confines deshabitados de Luzuriaga.

“La Luz Mala”

Cruz diablo.

A la Luz  Mala se la puede ver en los confines deshabitados de Luzuriaga, cerca de la estación del Metrotranvía, flotando en la oscuridad de la nada. Cuidado que te puede atacar, hay que esperarla con un cuchillo entre los dientes, rezando tres Padrenuestros y darle una puñalada traicionera cuando esté cerquita. Dicen que es la fosforescencia emanada de un cadáver olvidado, o el fuego de San Telmo por la inminencia de una tormenta eléctrica, o un alma penando porque perdió las llaves de su casa.

Acá, en Luzuriaga, nos conocemos todos y la Luz Mala no nos resulta una anónima. Nos conoce de chicos. Entonces, entre las mareas de la noche, se vuelve La Luz Buena y nos acompaña alumbrando el camino de vuelta al hogar.

“El Abominable Hombre Bicho Bolita”

Hay seres fantásticos y crípticos, cuya veracidad existencial no es comprobable: el Sasquatch, el Chupacabras, el Lobizón, el Increíble Hulk, el Mothman, entre otros. En Luzuriaga existe el Abominable Hombre Bicho Bolita -no el Abominable Hombre de las Nieves, ese es otro, el Yeti-.

El Hombre Bicho Bolita tiene la costumbre cobarde de ovillarse en el piso y hacerse una bolita cuando es agarrado a escobazos. En realidad no hace daño, lo único es que sale de golpe de debajo de las macetas, prefiere las de malvones tibios y amarillos. Entonces las personas se asustan y él se ríe a carcajadas, porque El Hombre Bicho Bolita es temido por su fealdad.

“La  persona más mentirosa del mundo vive en Luzriaga”

El Gordo Cabrera atendía la verdulería en el almacén “Don Héctor”, en la esquina de la calle Gabrielli y Sarmiento. Era más mentiroso que el Tarot y el I Ching, le preguntabas la hora y contestaba que él había inventado el reloj y que había fabricado una clepsidra con latitas de atún vacías y una Pelopincho. Le volvías a preguntar la hora y te decía que eran las cuatro y veinte, cuando en realidad eran las cuatro y cuarto. Una falacia absoluta.

Un día el Gordo Cabrera se murió y nadie le creyó, entonces no pudo descansar en paz.

“El Buda de Luzuriaga”

El Buda de Luzuriaga estaba a punto de llegar al Nirvana, como árbol Bodhi usaba una morera de la calle Paso de Guana. Era un árbol humilde, pero no por eso dejaba de ser mística y hermosa.

El Buda de Luzuriaga estaba por sostenerle la mirada al Universo, en la iluminación total. Entonces pasó un patrullero y se lo llevaron detenido por averiguación de antecedentes y medios de vida.

“El  Godzila de Luzuriaga”

Don Héctor tenía ganas de tomarse un vino tinto, como estuviese, caliente, tibio o frío. La damajuana estaba vacía. Nada de nada, ni una gota. Entonces, detrás del lavarropas, encontró una botella fabricada con un jade tibio. El corazón le palpitó como un pulpo. Olió el interior, era vino pero estaba picado. Una desgracia. Tiró el contenido a la acequia, llorando por el pecado. Una lagartija, que estaba devaneando bajo el sol, se tomó el vino derramado.

Algo activó su ADN, todo se transformó en su cuerpo. Su sangre fría comenzó a bullir, sus huesos se estiraron, su piel se volvió una coraza impenetrable, sus rasgos de reptil se acentuaron y su lengua bífida se hizo un látigo. Creció hasta la altura de cuarenta y cinco centímetros. Envalentonado, intentó atacar la Unión Vecinal para generar destrucción y saborear el horror, pero fue sacado a escobazos por la profesora de sumba, que estaba por dar una clase.

Ahora el Godzila de Luzuriaga vive en una caja de cartón, cerca de la Estación del Metrotranvía.

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