Llegó ese momento que a todas nos da un terror tremendo: despertarme un día, empezar a sentirme rara y notar un dolor medio raro en la mama.
Ciertos cambios en el cuerpo que te hacen ruido, pero que por miedo o por el día a día dejás pasar. Y yo me dejé estar muchos años. Me dejé estar hasta que se me juntó todo con la perimenopausia.
Y en ese interín se me ocurre hacer un viaje. Porque en serio tenía ganas de bajar el cortisol acumulado por muchas cosas que he pasado, incluyendo esos cambios hormonales.
En pleno viaje, para pasar un poco las 15 horas que me tocaban a bordo de un colectivo lleno y con un acompañante de 7 años autista que demanda 24/7, me puse a ver una película que me habían recomendado, sin tener la más mínima idea de qué trataba.
Terminó siendo la historia de una mamá enfrentando un cáncer de mama y mostrando, con una crudeza tremenda, cómo transita la enfermedad y cómo va preparando (como puede) el terreno para despedirse de sus hijos.
Ver cada etapa de lo que le pasaba a esa mujer me atravesó por completo. Me hizo dar un vuelco enorme en la cabeza y pensar en lo importante que es no dejarse estar.
Pensar en que, quizás, si uno actúa a tiempo, todo eso se puede evitar; que capaz solo queda en un susto y no en tener que pasar por esa angustia desgarradora de tener que despedirte de los que más amás.
Me imaginé, mientras lloraba, perderme la adolescencia de mi hijo, perderme cada paso que va dando y, lo peor de todo, tener que afrontar una despedida en vida, mientras vas apagándote cada vez más.
A eso sumado que, para hacerme llorar a mí misma, me imaginé no estar en sus lavados de cabello, sus tareas diarias y en la elección de su comida. Abrazarlo cuando me dice que estoy bonita o cuando me dice te quiero.
Con esto no quiero decir que sería el único hijo que me dolería al despedirme. Pero en mi cabeza y corazón siento que es el que más necesita de mi atención.
Llegando a Luján de Buenos Aires, yo ya era un mar de lágrimas. Y recordé una frase que me dijo una amiga: «Si lo creés, lo creas», y automáticamente empecé a anular todo pensamiento con la mínima posibilidad de que me suceda. Prometí a mí misma llegar e ir a un control de mamas, de PAP y todo lo que se requiere para una prevención y no una lamentación.
Cuando llegamos al departamento que alquilamos, me di cuenta de que esos dolores e hinchazón en el pecho izquierdo eran quizás producto de las últimas veces que tendría mi ciclo femenino (porque acá hay que ser cauto con las palabras), y eso en mi mente me tranquilizó algo.
Debo decir que no mucho.
¿Se acuerdan de Tita Merello? Ella fue la que sin adornos decía: «¡Mujer, hacete el papanicolau!»
Si tomáramos conciencia, no pasaríamos por mil pensamientos como este solo por sentir una puntada o dolor.
¡Qué grande Tita, mandando a varias generaciones de mujeres al ginecólogo, cuando en esa época daba vergüenza la palabra menstruación! Aunque quizás todavía a algunos les sigue dando «cosita».
A veces necesitamos ese sacudón para reaccionar y entender que nuestra salud no puede esperar.
Y vos, ¿ya te chequeaste? ¿Ya te hiciste tus estudios para cuidar tu vida y evitar todo esto?