Alfredo Cangrejo visita.

El amanecer de setiembre en Rodeo del Medio fue testigo del nacimiento de mansa estrategia.

—¿Qué hacés Sardina? Pensé que venía el Calamar, hoy.

—Buen día, don Alfredo. El Calamar está en el lugar haciendo la previa. Dígame adónde vamos, es temprano para ir a Peltier, ¿o tiene alguna reunión?

—No, Sardina. Vamos para el Mercado de Flores de Rodeo del Medio. Y metele pata que ya van a ser las siete.

Sardina toma el radio: «Sardina a Calamar, Cangrejo en camino. Llegada en diez».

—¿Vamos a comprar flores para las secretarias?

—No hay plata para eso, Sardina. Y yo el año que viene me quedo sin laburo así que vamos a empezar a ir a lugares de Mendoza que la gente no conoce, porque viste como es el mendocino, hay que decirle las cosas claritas…

—¿Va a trabajar de guía turístico cuando deje este trabajo?

—Es una opción, pero también con esto de las campañas turísticas se les va la mano con los caché, así que vamos a matar dos pájaros de un tiro.

En Rodeo del Medio, setiembre amaneció con ese olor mezclado de tierra caliente, flores recién cortadas y combustible de traffic que hace que uno sepa que está entrando a un lugar donde las cosas pasan antes de que nadie las organice.

Alfredo Cangrejo llegó con perfil bajo. O eso creía él. Anteojos oscuros, ropa deportiva y una campera liviana aunque el sol parecía decidido a cocinar hasta las sombras.

—Sardina, ¿vos decís que no me reconocen? —preguntó Alfredo acomodándose los lentes.

El chofer lo miró por el espejo retrovisor y levantó el pulgar dando el ok para que don Cangrejo bajara del auto.

La explanada al lado de la ruta 50 estaba llena de vehículos y gente. No había dado dos pasos que ya tenía al Calamar dándole una gorra del Club Deportivo Maipú.

—¿No tenías algo más digno, Calamar?

—Es que si quiere pasar desapercibido, mejor algo local. Una del Tomba puede traer conflicto, señor.

—¿Dónde está el Pez globo?

—En el puesto de Mamaní, cuidándole el lugar —contestó el Calamar.

—¿Hay que hacer cola?

—Nooo, señor. Acá es a matar. Vea…

El Mercado de flores de Rodeo del Medio estaba explotado a las siete de la mañana. Gente yendo y viniendo, discusiones por precios, grupos comparando ramos, comerciantes ofreciendo flores de todos los colores. 

Entre toldos de lona, mantas extendidas en el suelo y camionetas cargadas con floreros, el movimiento parecía una mezcla de feria popular, terminal improvisada y batalla campal de descuentos.

El calor pegaba fuerte. El polvo se levantaba con cada paso. Los perros peleaban, los gatos se escondían entre los cajones y las moscas parecían tener participación accionaria en el mercado.

—¿En qué idioma hablan, Calamar?

—Hay de todo. Bolivianos, chilenos, paraguayos, sanjuaninos…

—¿Y mendocinos? ¿Mendocinos no hay?

—Pocos, señor Alfredo. Los que venden flores nomás. Los mendocinos son los que les compran a los que compran acá.

Ya se estaban acercando al puesto de Mamaní cuando vieron al Pez globo. Joguineta, remera rota con las axilas transpiradas, zapatillas de un color imposible de ver, gorra del Club Maipú. Estaba a los gritos, en maipucino básico, regateando por ramos de margaritas.

—¿Qué mierda hacés, gordo? Acá tenemos que pasar desapercibidos o nos linchan, vení para acá. —Dijo Cangrejo agarrándolo del brazo.

—Comunicame con la mansa sirenita, que yo no puedo creer lo que veo.

El Pez globo, agarra el celular, se aleja un poquito para hablar y le pasa la llamada a Alfredo: «decime, ¿36 millones pagaron la mansa campaña? Acá estoy rodeado de extranjeros regateando con billete en mano. Ninguno dice manso, y está bien que estoy camuflado, pero nadie me ha reconocido. Esta gente vive en un mundo paralelo, en negro, bien en negro. Pará, no me interrumpas, se acabaron las campañas para traer ingleses y franceses. Quiero turismo de cercanía, eso es lo que quiero que vendamos. No, no, no. Escúchame bien, los dólares van a entrar por otro lado, acá tenemos que promover el turismo interno o en breve vamos a empezar a ver Chachos por todo lados. Chachos, Chachos, lee los diarios.»

Alfredo colgó la llamada y entró una de Nemo. «Me leíste el pensamiento Natalio. Mirá, mañana te quiero a las siete acá, en el Mercado de flores de Maipú, venite sin corbata y con zapatillas. Después te explico; pero, básicamente, te fijas lo que hace falta para poner este lugar bien visible. Poneles baño, media sombra en el estacionamiento y, si quieren, hasta un bar de choripanes. No. No. Dejame hablar. No me importa el intendente, quiero que la gente venga a pasear acá los fines de semana y se lleve tulipanes a la casa para que sientan que viven en Noruega. ¿Entendiste? Y después te vas al cementerio a repartir folletos para que vengan a comprar las flores acá. No te quiero ver en Peltier hasta el mediodía. Suspendé todo.»

—¿Turismo de cercanía? —dijo el Pez globo con cara de duda. —O sea que antes vendíamos destinos tranquilos y ahora vamos a vender… ¿Regateo de fresias?

—Te aseguro que va a salir menos de 36 millones, gordo. Esto tiene potencial, ¿no ves? —contestó Alfredo mientras caminaba esquivando baldes, cajones y vendedores.

—Esto está más lleno que un acto político —agregó el Calamar.

—¡Eso! ¡Un acto! ¡Hay que hacer un acto acá! —comentó el pez globo.

—Y de paso, que venga el ministro de economía a aprender, que acá hay más negociación que en cualquier despacho.

Alfredo miró alrededor. Dos personas discutían por el precio de unos girasoles. Más allá, un grupo de compradores hablaba rápido mientras elegía entre distintos ramos de gerberas. Llegó una traffic que se estacionó al lado del puesto de Mamaní, abrió la puerta de atrás y ya tenía treinta personas agarrando ramos gigantes por diez mil pesos.

—Esto es una escuela de economía, gordo. Hasta los pibes de la secundaria deberían venir acá a aprender. Anotá, gordo. Y pásale la data al Tadeo Salsamar.

Sardina sonrió. En ese momento pasó una traffic cargada de flores hasta el techo que se iba. 

Alfredo le pegó un silbido y, cuando la traffic paró, se acercó a la ventanilla.

—Maestro, buen día. ¿Usted compra o vende?

—Ya me voy señor, Joan Carlo Días, para servirles —dijo el conductor de la traffic. — tengo el puessssto en la plaza de Lujánssss, señor. Quiere alguitos para su señoras, tengo ramitos que atrás está armando mi hijas, señor. Bonitos los ramitos, diez mil pesitos, nomás, señor.

—¡Cómo diez mil pesos el ramito si eso cuesta el cajón entero! —reclamó Alfredo 

—Diez mil cajón, diez mil ramitos, diez ramitos por cajones, señor. ¿Cuántos ramitos quieres, señor?

—¿En la plaza de Luján, dijiste?

—Plaza de Lujánssss, señor. Todos los diiitas. Mañana día de la secretarias, señor, bonitos ramitos para mañana.

—Gracias Joan Carlo, voy a pasar por ahí.

—Plaza de Lujánssss, todos los diiitas, Joan Carlo, señor.

Alfredo se dió la media vuelta levantándole la mano a Joan Carlo. Después se giró al Pez globo y lo miro por encima de los lentes. El Pez globo levantó las manos y frunció los labios sin saber muy bien qué decir. 

—Diez veces el valor, en negro. Flores, gordo. ¡Flores! En el desierto, en la tierra del sol y del vino, ¡la gente negocia el precio de las flores!

—Bueno, con esa diferencia compran otras cosas. Hay Mercado para todo, no hay que cerrarse, Alfredo.

—Yo pienso, si me permite, don Alfredo —dijo el Sardina —que si va a vender algo, tiene que ser la experiencia.

El Calamar se acercó a escuchar.

—¿Qué experiencia? —preguntó el Pez globo.

—Primero que nada la de verte vestido así —dijo Alfredo acomodándose la gorra con una risa burlona.

—“Mendoza extremo: flores, polvo y regateo”. ¿Eso va a reemplazar “Manso Destino”? —contestó el Pez globo, un poco molesto.

Alfredo se enojó.

—A ver, ¿Se te ocurre otra cosa, pasmado? ¡Harto me tienen con el manso coso!, no saben nada, ¡ni pensar! No lo pongo al Sardina como asesor porque no podrías ni manejar. No saben dónde viven, salen de la ciudad para ir al aeropuerto, nomás. Llena de lugares como este está Mendoza. Llena se secretos, de naturaleza escondida. Y ahí van todos, a correr al parque y, a subir el cerro Arco, a sacarse fotos en el mirador del Aconcagua, a comprar flores a la Alameda. Dieciocho departamentos tenemos, ¡dieciocho, gordo! ¿Conocés Huayquerías, el callejón Las Rosas, el puesto Pereyra, la iglesia de la Nuestra Señora de las Piedras, la librería Aguaribay de la calle Lugones en Tres Porteñas? ¡No, no conocés! El único que conoce Mendoza en serio soy yo. Así que yo le voy a decir a la gente donde tiene que ir a pasear, a comprar mendocino, a conocer de verdad donde vivimos.¡ La espina que te parió, gordo!

Alfredo miró el mercado, las flores, los toldos, el movimiento y el sol que caía como una plancha.

—La campaña ya está hecha, Sardina. ¿Qué hora es?

—Las ocho, don Alfredo.

—Vamos para Peltier y pregúntale a Teresa a cuanto vende las flores.

—¿La de la entrada?

—Sí, decile que se ponga un puesto en la vereda. Flores, Sardina. Es setiembre, la gente compra flores.

—Manso, don Alfredo.

—Eso, Sardina. El único manso soy yo.

Y mientras el sol seguía pegando sobre Rodeo del Medio, Alfredo Cangrejo emprendió camino al auto, entre flores, moscas y regateos, convencido de haber encontrado una fórmula revolucionaria y una pasión nueva: mostrarle él mismo al mendocino la belleza de Mendoza.

Aunque todavía nadie sabía si era una estrategia de Turismo, una reestructuración de gastos o si estaba pasado de estrés por la jubilación.

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