Después del incendio que habían provocado entre las vides, Mario y Angie entendieron enseguida que tenían que volver a la normalidad. No podían aparecer juntos, y mucho menos en el estado en el que estaban. El placer todavía les temblaba en el cuerpo, dejándolos suspendidos en esa quietud inquieta que llega después del orgasmo. Pero si tardaban demasiado, Ramiro iba a salir a buscarlos.

—Salí vos primero. Yo entro por otro lado —dijo Mario, todavía agitado.

Angie acomodó el vestido sobre sus piernas y lo miró fijo unos segundos.

—Vos entendés que esto no puede volver a pasar, ¿no?

Mario sonrió apenas, todavía demasiado cerca de ella.

—No sé si vos realmente querés eso. Sé lo que sentiste. Y sé que conmigo fue distinto.

Angie abrió la boca para responder, pero la voz de Ramiro resonó a lo lejos entre las parras.

—¡Amor! ¿Dónde estás?

—¡Ya voy! —gritó ella de inmediato.

El silencio volvió a caer entre ambos. Más tenso esta vez. Más peligroso.

—No puedo perder todo por esto —dijo Angie, bajando la voz—. Jamás sentí algo así, Mario… pero tampoco sé si estoy dispuesta a destruir todo lo demás.

Mario la observó como si quisiera memorizarle la cara.

—Entonces dame un beso más.

Y Angie no pudo negarse.

Fue un beso lento, profundo, cargado todavía del sabor a vino y del calor de sus cuerpos. Uno de esos besos que parecen alargarse para evitar el momento inevitable en que hay que volver a la realidad.

—Ahora sí. Andá —murmuró él.

Angie se acomodó la ropa interior que Mario le había bajado minutos antes y respiró hondo antes de salir nuevamente hacia el salón.

Encontró a Ramiro cerca de la entrada y le dio un beso rápido en la boca.

—¿Dónde estabas? ¿Y viste a mi viejo? —preguntó él.

—Me quedé mirando las parras un rato. Y a tu papá lo vi irse caminando con una botella, pero después no sé dónde se metió.

Ramiro soltó un suspiro cansado.

—Siempre hace lo mismo cuando hay algún evento importante. Desaparece para ponerse a tomar solo.

—No le des importancia ahora. Es tu cumpleaños, disfrutalo.

Entonces Angie abrió la cartera y sacó la pequeña caja con el regalo.

—Feliz cumpleaños, amor.

Ramiro sonrió apenas vio la pulsera. El ancla grabada en el dije tenía un significado que ambos entendían perfectamente.

—No sabés lo importante que es esto para mí —dijo antes de besarla otra vez—. Vamos adentro. Ya llegó casi todo el mundo.

La cena se servía estilo lunch, con distintas islas de comida repartidas por el salón y botellas de vino ocupando prácticamente todas las mesas. Había familiares, amigos de la facultad y gente que Angie jamás había visto. El ruido de las conversaciones llenaba el ambiente mientras los mozos iban y venían con bandejas.

Angie acababa de agarrar un canapé de jamón crudo cuando vio entrar a Mario. Tenía el saco abierto, el pelo ligeramente desordenado y esa expresión apenas perdida de quien había tomado demasiado.

Ramiro enseguida fue hasta él. Le dijo algo al oído y luego volvió junto a Angie, claramente incómodo.

—Qué papelón me hace pasar siempre cuando hay algo importante —murmuró—. Perdoname, amor.

—No pasa nada —respondió ella con suavidad—. Mientras no arme ningún escándalo, dejalo. Vos disfrutá. Hoy es tu día.

Ramiro la miró unos segundos antes de abrazarla por la cintura.

—Gracias. Te amo. Sos mi compañera.

La frase le golpeó el pecho de una forma inesperada. Angie sintió los ojos llenarse de lágrimas. No solo por lo que Ramiro acababa de decirle, sino porque entendía perfectamente que lo ocurrido con Mario podía destruir todo aquello. Y aun así, muy en el fondo, también sabía otra cosa: que lo que había sentido entre las vides era algo que nunca antes había experimentado.

Y por primera vez en mucho tiempo, no quería pensar en las consecuencias. Solo quería seguir sintiendo.

La torta ya se había servido y la noche entraba en sus últimos momentos cuando Ramiro se acercó a su lado.

—Vení conmigo. Quiero que veas algo.

La gente ni siquiera se percató de su ausencia. Él la condujo por un pasillo lateral y luego bajaron una escalera. Angie sintió cómo la temperatura descendía a cada escalón.

Llegaron a una puerta de madera cerrada con candado. Ramiro sacó una llave del bolsillo y la abrió.

Al entrar, Angie descubrió una sala enorme llena de barricas de roble. Cada una tenía inscripciones grabadas en la madera. Al fondo se extendían varias estanterías repletas de botellas.

—Este lugar lo conocen muy pocas personas, y ahora vos sos una de ellas. Esta es la cava donde envejecen los mejores vinos en barricas de roble francés. Cada inscripción indica la fecha de guarda y la variedad. Es apenas una fracción de todo lo que produce la bodega, reservada para los vinos importantes. Y de acá saca mi viejo el vino que toma. Ningún boludo, digamos.

Angie se rió.

—¿Y cuánto tiempo pueden estar guardados acá?

—En barrica no más de dos años. Después los embotellan y los llevan al fondo. Ahí sí, hay algunos que llevan décadas.

—Che, para ser veterinario sabés mucho de vinos.

—Sé mucho de lo que me gusta.

—¿Y qué otras cosas te gustan tanto?

Ramiro sonrió.

—Esto, por ejemplo.

Acto seguido, la atrajo hacia él.

—Acá no. Esperá a que termine la fiesta.

—Ese es el tema. No quiero que se termine. Y no hablo solamente de la fiesta.

—No seas ansioso.

—No puedo cuando me doy cuenta de que vos también querés. Decímelo. Decime si querés que pare y paro.

—No quiero.

La distancia entre ambos desapareció.

La música llegaba amortiguada desde el salón mientras el mundo parecía reducirse a aquel rincón de la cava.

Apoyada contra una de las barricas, Angie cerró los ojos. El aroma de la madera y del vino impregnaba el aire. Ramiro la rodeó con los brazos, besándole el cuello lentamente, como si quisiera detener el tiempo.

Los jadeos fueron ocupando el silencio. El placer creció despacio, entre caricias, besos y respiraciones cada vez más agitadas, hasta dejarlos abrazados uno al otro, intentando recuperar el aliento.

Cuando finalmente se separaron, Ramiro apoyó la frente contra la de ella, la besó despacio y le susurró un “te amo” con la voz todavía entrecortada.

—Si tardamos mucho más, todos se van a dar cuenta de que no estamos —dijo Angie mientras buscaba su ropa interior.

—Cinco minutos más —respondió él—. Dejame recuperarme.

—Sos terrible.

Sonrió y le dejó un beso suave en el cuello.

—Vamos.

Cuando regresaron al salón, Marcela se acercó enseguida.

—¿Dónde estaban? Los estábamos esperando. Hay que servir la torta y sacarnos la foto.

—Ramiro quería mostrarme la cava. Es la primera vez que entro en una —respondió Angie con naturalidad.

—¡Sirvan, sirvan! —ordenó Marcela a los mozos.

Las bandejas con porciones de torta comenzaron a circular entre los invitados.

Con la fiesta ya llegando a su fin, Angie miró de reojo y vio a Mario al fondo del salón, sosteniendo una copa y observándola.

—Gracias por acompañarme. Estuviste perfecta —le dijo Ramiro cuando ya volvían en el auto.

—Me pienso quedar a dormir en tu casa. Date por enterado.

—Me parece perfecto. Aunque, para ser sincero, lo último que tengo ganas de hacer es dormir.

Aquella noche volvieron a hacer el amor.

Y cuando Ramiro yacía dormido a su lado, el celular vibró sobre la mesa de luz.

Era un mensaje de WhatsApp de Mario.

—No debería estar escribiéndote. Y sin embargo…

Angie sintió un nudo en el estómago.

La respiración tranquila de Ramiro, dormido a su lado, le devolvió de golpe toda la culpa que había conseguido olvidar durante unas horas.

Leyó el mensaje una vez. Después otra.

Cerró los ojos.

Lo mejor era no responder.

Tomó el teléfono.

—Yo tampoco puedo dejar de pensar.

La respuesta llegó casi de inmediato.

—No va a ser la última vez.

Angie sonrió en la oscuridad.

Borró la conversación y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de luz.

Sin embargo, cuando volvió a acostarse junto a Ramiro, supo que las palabras de Mario seguirían acompañándola durante toda la noche.

Continuará…

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