Los tocayos

Muchos temas populares ocultan una historia. El rumor es que este tema infantil español tiene un trasfondo latinoamericano.

Aquel remoto y casi ignoto paraje de Latan, un pueblo de unas pocas manzanas distribuidas sobre tres calles que desembocaban en una plaza, lucía casi desierto. Un grupo de parroquianos estaban sentados en una de las esquinas y miraban al horizonte.

Era cómo todos los domingos a la tarde, después del almuerzo que se juntaban los notables: el Cura, un monaguillo, la dueña del Café/Pulpería/Fonda/Almacén de ramos generales/etc, el Intendente honorario y dos o tres propietarios más. Una cita ineludible.

Comité del Pueblo

– Eran dos tipos requetefinos – dijo Carlota. Se refería a Jose Ermenegildo Rosales, que llegaba desde un par de kilómetros más allá. Y de José Eleuterio Pánfilo Fernández. Que vivía justo en una de las esquinas linderas al Café.  Fueron en un tiempo caballeros de fina estampa hasta que pasó aquello.

Eran dos tipos medio chiflaos – dijo el Intendente, Don Fulgencio Adalberto Mamaní. Conocía otros aspectos de su historia, que nunca se atrevería a develar. Solo levantaba una ceja y fruncía el ceño.

– Eran dos tipos casi divinos – dijo Jorgelina Sánchez Pérez, dejando escapar un suspiro. Una de las habitúes de aquella tertulia vespertina y propietaria de la botica, que hacía las veces de doctora, enfermera, veterinaria y farmacéutica.

– Eran dos tipos desbarataos – Dijo El Cura, cuyo nombre prefiero reservar. Esta afirmación fue consentida por el monaguillo, un tipo en sus treintas que nunca dejó el puesto. Algo había que hacer donde nunca pasa nada, decía.

– Si se encontraban en una esquina – dijo Carlota – Se encontraban en el café -Esas dos frases hacían referencias a cualquiera de los cuatro puntos cardinales. La pulpería, la casa de uno de ellos, la plaza y la botica.

– Siempre se oía con voz muy fina – dijo el monaguillo. El cura levantó los ojos en señal de desaprobación. – El saludito de don José

Mientras se desarrollaba aquella rutinaria, concisa y conocida charla, uno de los protagonistas fue acercándose caminando despacio desde allá lejos, dónde el calor desdibujaba el horizonte. Sus zapatos otroras acharolados estaban desgastados y llenos de tierra. Al igual que las botamangas. Debajo del sobrero formal, tipo bombín, caía la transpiración y manchaba el ya amarillo cuelo de la camisa. 

Se miraron intensamente. Carlota contuvo la respiración. Un carrizo se estaba acercando. Al fondo un remolino invadía la plaza.

– Hola, don Pepito – primereó el recién llegado. El conteo que llevaba el intendente indicaba diez veces que se anticipaba.

– Hola, don José – respondió el otro, de pié al borde de la calle luego de fijar la vista en su tocayo unos segundos demás

– ¿Pasó usted ya por casa? – contestó José desde la calle. 

– Por su casa yo pasé – refunfuñó el local. Los domingos se encontraban, pero en alguna caminata se visitaban en otros lares.

– ¿Vio usted a mi abuela? – Se refería a Doña Encarnación Josefa (Pepa) Villanueva Rojas. La matriarca más antigua del pueblo. Vivía en la última de las manzanas. Los domingos salía a la vereda a vigilar el paso de su nieto, y fijar con cierta desaprobación,  desdén y decepción ante cierto pasado ignominioso. Cuando los pasos lo ubicaban debajo de unos zapatos que colgaban del cable de luz, doña Pepa gruñía y golpeaba con su bastón las baldosas.

– A su abuela yo la vi – No importaba el día que pasara por aquella calle. Los cusquitos ladraban cuando cualquier persona, ya sea a caballo, en carreta o caminando se acercaba a varios cientos de metros. La Pepa salía de su casa por una veredita ladeada por muebles viejos, y una soga con calzones super xl y ropa almidonada.

El viento se detuvo, sin pasar por leve briza. El carrizo dejó de rodar y el remolino desapareció. Los perros se echaron en el piso. Carlota estaba pálida.

– Adiós, don Pepito – dijo el local devolviendo la gentileza de la primereada. Carlota respiró casi al borde del desmayo. El Intendente refunfuñó. Y el monaguillo abrazó sollozando al Cura. 

– Adiós, don José – respondió el otro. Dió media vuelta y se alejó despacio hacia el incipiente atardecer.

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