Son las tres de la mañana y una fuertísima ráfaga de viento helado suena en mi ventana, me despierta y el sonido monstruoso me quita el sueño. El susto inicial logra que me levante a buscarlos y ahí están, durmiendo en sus camas calentitos como ángeles, sus caritas peludas y tranquilas me dicen que no se han enterado del estruendoso clima y ahí es donde siento algo de alivio. «Menos mal que tienen un techo donde refugiarse, donde duermen tan tranquilos que no se enteran de lo que está pasando afuera» Ese es mi primer pensamiento, que queda tapado por uno más doloroso, el afuera.

Automáticamente mi corazón se retuerce y mi estómago se hace un nudo pensando en esas criaturas en el exterior que no corrieron con la misma suerte que mis dos gatos. Yo sé que allá afuera en alguna parte hay animalitos sufriendo este clima, que no todos consiguen lugares medianamente cómodos ni que les tape un poco del frío, que hay bebés temblando de frío, alguna mamá luchando con un parto sola con este clima que no le asegura la supervivencia de sus bebés y así como llega una nueva vida, en algún lugar otros deben estar dejando este mundo en medio del hambre y la helada. Y mi mente no queda solo con los que están en la calle, sino también con esas mascotas que tienen dueños que prefieren dejarlas atadas en un patio a la intemperie sin un resguardo.

Me acerco nuevamente a la ventana, pero afuera solo encuentro una noche cerrada. El viento sigue golpeando con fuerza y, por un momento, pienso en todo lo que no puedo ver detrás de esa noche. Vuelvo la mirada hacia mis gatos, que para mi no son solo “mascotas”, son mi familia. Los veo descansando ajenos al frío, y agradezco una vez más que estén ahí, bajo este techo, en una cama calentita, con refugio. Alguien se preocupa por ellos. Están seguros. Después vuelvo a la ventana. No puedo hacer mucho esta noche, salvo esperar que, en algún rincón, alguna de esas criaturas también haya encontrado un lugar donde refugiarse. Me quedo un rato escuchando el viento, hasta que el sueño me gana y finalmente vuelvo a la cama, a la seguridad. Pero esta vez el silencio de mis gatos durmiendo ya no alcanza para hacerme olvidar lo que sucede del otro lado de la ventana.

Apago la luz y cierro los ojos. La oscuridad no termina afuera de mi ventana.

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