Falso nueve

No todas las jugadas decisivas ocurren dónde está la pelota. Incluso el amor puede ser una jugada que entendemos cuando ya terminó.

¿Por qué solemos escuchar que todos los hombres juegan igual? He notado que hay esquemas: están los que salen con los tapones de punta, los que viven tirando pelotazos, los que hacen tiempo desde la primera cita y los que te presionan alto como si cada conversación fuera la última jugada del partido.

Aprendí a leerlos como se lee una pizarra táctica. Después de tantos campeonatos sentimentales, ya no había sistema que pudiera sorprenderme.

El click llegó una tarde de mundial, en un bar donde el televisor tenía más volumen que las mesas. El relator dijo que estaba jugando de falso nueve, y el comentarista empezó a explicar cómo retrocedía para arrastrar a los centrales, romper la línea defensiva y fabricar espacios para que entraran los de atrás.

Sentí un escalofrío.

Dejé de mirar la cancha y me congelé mirando el vaso de cerveza. No estaba describiendo una jugada, solamente. Yo ví más.

Esa noche volví a casa pensando en la explicación del comentarista. Decía que un falso nueve no se iba del área porque tuviera miedo de definir; sino para sacar a los centrales de su lugar.

Los obligaba a decidir. Si salían a marcarlo, dejaban un hueco. Si se quedaban plantados, él recibía solo. El problema nunca era el nueve, sino el espacio que aparecía cuando todos reaccionaban a sus movimientos.

No logré conciliar el sueño, empecé a repasar mis últimos meses como si fueran una repetición del VAR. Conversaciones, silencios, encuentros, mensajes que llegaban cuando ya no los esperaba. Había una secuencia que no cerraba. Un movimiento que interpreté como desinterés empezaba a parecer una jugada preparada.

Al ente en cuestión lo conocí en el cumpleaños de una amiga. No entró haciendo ruido ni pidiendo la pelota. Mientras los demás buscaban quedar bien, él se dedicó a hablar con todo el mundo menos conmigo. Lo marqué enseguida. Tsss, otro que no tiene personalidad, pensé. En la cancha, a ese tipo de delantero lo dejás libre porque suponés que está fuera de la jugada.

Recién después -si el lector me permite el pleonasmo- me di cuenta que nunca había estado fuera. Mientras yo seguía la pelota, él estaba leyendo el partido. Me dejaba recibir, girar, creer que tenía la posesión. No aceleraba una sola jugada antes de tiempo. Esperaba el momento justo para romper líneas. Y lo peor de todo es que, cuando finalmente me di vuelta para buscarlo, ya me había sacado varios metros de ventaja… sin tocarme una sola vez.

Y me lo empecé a encontrar, che, en todos lados. En el café donde desayunaba los martes, en la librería de Corrientes, en el mismo vagón del subte. No escribió para invitarme a salir, ni me preguntó qué hacía el fin de semana. Parecían casualidades

Apenas algún comentario al pasar, un pase corto, de esos que parecen intrascendentes pero cambian el sentido de la jugada. Me iba convencida de que él no había avanzado un centímetro. Sin embargo, era yo la que, al final del día, revisaba cada conversación. Como un director técnico después de perder un clásico que mira una y otra vez la repetición hasta descubrir en qué jugada se le rompió el partido

Me desordené.

Dejé de jugar en zona y pasé a marcar hombre. Si sabía que podía cruzármelo en un bar, iba. Si una amiga lo nombraba, levantaba la cabeza. Si aparecía una notificación en el celular, antes de mirar ya quería que fuera él. Ahí entendí lo que el comentarista había querido decir con «arrastrar a los centrales».

El beso gol

El gol llegó una semana después, durante el España-Francia. A bar lleno, pero sin tanto desenfreno. La tele era un punto de encuentro, no el centro del mundo. Entre una jugada y otra discutíamos los que estábamos, si el jugador español estaba fijando bien a los centrales o si Francia le estaba cerrando los espacios. Una de esas charlas que cualquiera puede tener sin darse cuenta.

En un momento apoyó el vaso sobre la barra, me preguntó, sin dejar de mirar la cancha:

—¿Y? ¿Ya entendiste cómo juega un falso nueve?

Lo miré fijo. Tenía la respuesta ensayada.

—Sí, no es jugador ni jugada, es un rol. No entra al área para convertir, consigue que alguien más rompa la línea por él.

Él negó con la cabeza, se acercó apenas unos centímetros y respondió en voz baja:

—No. El falso 9 hace el gol. Lo que pasa es que, cuando te das cuenta, pasó un rato desde que cruzó la línea.

Y me arrebató un besó el atrevido.

Uno de varios segundos quietos. Fue fantástico, una avivada casi.

El partido había terminado, creo que antes de nuestro primer beso-gol.

Conclusión, diría mi abuela, el fútbol siempre habla de nosotros: de los espacios que dejamos, de las marcas que perdemos y de esa extraña manera en que el deseo encuentra el hueco justo cuando creemos tener el partido controlado.

Sempre hay uno que leyó todo, antes, mejor que los demás. Aún no sé si me enamoré de él… o de la jugada.

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