No me olvides

Luego de muchos años sin escribir, Dionisio Barloa nos vuelve a deleitar con un cuento.

La luz del sol empezaba a entrar tímidamente a través de las antiguas persianas de madera de la habitación. Abrió los ojos, y con alguna dificultad se levantó de la cama. Fue hacia el baño, se lavó la cara con agua fria y después de mirarse un poco al espejo, tomó una pequeña tijera y se recortó prolijamente el bigote. En su juventud le había gustado siempre verse bien, y ahora, con 87 años, no había cambiado nada en ese aspecto. Le sonrió a su reflejo, suspiró cómo quien está a punto de salir a escena, y volvió a su habitación.

Allí estaba ella. Dormía plácidamente, con una mano en sus blancos cabellos. Él se acercó y dijo:

-Sara… Sarita, despertate. Hoy es nuestro aniversario…

Ella lo miró asustada, sin comprender mucho lo que estaba pasando.

-Te acordas quien soy? Soy Ernesto… Tu esposo.

-Si! -dijo ella, y en su rostro de preocupación apareció una sonrisa. Se sintió a salvo.

-Hoy es nuestro aniversario -repitió él -Vamos a festejar. Te ayudo a vestirte que vamos a desayunar al lugar que te gusta.

Salieron de casa y caminaron despacio, tomados de la mano. La gente los veía pasar y les sonreían, mientras ellos atravesaban la plaza Italia y se sentaban en el bar de la esquina.

-Te acordás cómo nos conocimos? -preguntó tímidamente Ernesto, como si supiera la respuesta que recibiría. Sara arrugó los labios, y lo miró avergonzada. -Me ayudas a recordar cómo fue? -le dijo ella.

Ernesto le contó cómo la había visto aquel día sentada en ese mismo bar, cuánto le había parecido hermosa, y que se había acercado solo para poder hablar con ella con cualquier pretexto. Le había pedido fuego para encender un cigarrillo, y de ahí en más no se habían separado nunca más. Sarita se sonrió, como si esa historia encajase perfectamente en su mente y en sus recuerdos. 

Pasaron toda la mañana hablando, volvieron a la plaza y se sentaron a la sombra, y cuando ella comenzó a sentirse cansada, volvieron lentamente a casa. El día transcurrió normalmente, pero aquel momento juntos los había reconfortado a ambos. Llegó finalmente la noche, y Ernesto, cómo de costumbre, ayudó a Sara a meterse en la cama. Le acarició los cabellos, y como cada noche le susurró:

-Sara, no me olvides. No me olvides por favor… -y se le hizo un nudo en la garganta mientras hablaba. Apagó la luz del velador, pero antes miró el portaretrato que tenía sobre la mesa de luz. Era una foto de ambos en la playa. Y con esa imagen se durmió.

A la mañana siguiente, se levantó como cada día, fue hasta el baño y se lavó la cara con agua fresca, tomó una tijera y se arregló el bigote. Volvió a la habitación, y se acercó a la cama donde dormía ella, y le dijo: 

-Sara, despertate, hoy es nuestro aniversario.

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