No fuimos amigos: había demasiada verdad como para fingir distancia.
No fuimos novios: los problemas les ganaban a las ganas.
Tampoco fuimos olvido: lo vivido sigue marcando, aunque quiera soltar.
Lo nuestro fue un terreno propio, sin nombre ni molde. Un lugar con conexión real y heridas que no se esconden.
Ahí entendí que no hay atajos: se aprende a bancarse la falta y a no pedirle nada a lo que ya cambió.
Cuando la conocí fue de casualidad, sin plan ni estrategia. No estaba buscando nada y apareció. Lo que vino después no fue un guion armado: fue de esas historias que te sacuden y te obligan a mirar distinto.
Cuando dejamos de vernos, cada uno siguió su camino, con sus tiempos y sus enojos. No fue un drama; fue la vida marcando distancia.
Hoy la vuelta no es casualidad. Ella me busca, yo me dejo encontrar, y entiendo que todavía nos queremos. No es un regreso romántico ni un cuento rosa: es crudo, directo, sin disfraces. Es aceptar que lo que tuvimos no se borra; aún existe. Y que lo que se sostiene, se sostiene porque ambos lo elegimos.
No es nostalgia. Es una prueba. Es mirar de frente lo que quedó y darle otra oportunidad, sin mendigar ni disfrazar nada. Es saber que lo que nos une no necesita etiquetas, porque ya sobrevivió al corte, al enojo y al silencio.
No sé si esto se llama pareja, noviazgo o simplemente conexión. Lo que sí sé es que está vivo. Y que, cuando ella me busca y yo me dejo encontrar, la historia sigue escribiéndose sin miedo y sin pedir permiso.
1 comentario en “La vuelta sin nombre”
Totalmente identificada lpm acaso no nos pasa a todos esto? ?