Dejen de tirar cuetes

-Dejen de tirar cuetes- gritó por la ventana hasta que le sangró la garganta. La calle estaba vacía. La siesta arreciaba y los vecinos se despertaron por los gritos descarnados.

-Dejen de tirar cuetes- gritó por la ventana hasta que le sangró la garganta. La calle estaba vacía. La siesta arreciaba y los vecinos se despertaron por los gritos descarnados.

Milagros era escueta, de baja estatura y de huesos fuertes, con un rodete eterno en el cabello y un rostro de Modigliani. Tenía una rutina militar: regaba a las siete de la mañana sus malvones azules plantados en latas, luego cocinaba algunas verduras, dormía la siesta, veía las novelas de la tarde, rezaba el Rosario y se masturbaba para que le diera sueño.

Un día empezó a charlar con las paredes, que comenzaron a contestarle. Con el tiempo pasó de hablar con los muros a hablar con las cosas de la casa. Charlaba con los querubines de los cuadros estilo rococó, con el lampazo, con las jaulas huérfanas de pájaros que colgaban por todo su hogar.

En un momento, así de la nada, tuvo ganas de ir al mar, las ansias por sentir el aire salobre eran demasiadas. Milagros abrió las canillas de la cocina y del baño. La casa se inundó y se llenó de peces voladores, de pulpos y de amebas. Nadó desnuda por horas junto a cardúmenes invisibles y le contó sus penas a una estrella de mar soñolienta. En otra ocasión encendió la radio, encontró el concierto de cello de Bach, la suite nº1. La melodía elástica entró por sus ojos. Aún con la radio apagada la música llenaba los rincones y Milagros la perseguía con pasitos torpes de bebé.

Una mañana las articulaciones comenzaron a dolerle. Se miró en el espejo después de diez años,. No se reconoció y tuvo tal ataque de llanto que las lágrimas subieron al cielo del techo y formaron una tormenta eléctrica. Milagros anduvo entre rayos y refucilos durante meses.

Una siesta, un estruendo, Miró por la ventana y vio el cielo hecho de fuegos artificiales, no la dejaban concentrarse…-¡Dejen de tirar cuetes!– se puso a gritar, enfurecida. Gritó por horas, aunque nadie tiraba cuetes. Sus vecinos llamaron a las autoridades.

Llegó una ambulancia oxidada ululando desgracias. Se bajaron dos enfermeros gigantes, con manos de estibadores y miradas cansadas. Uno de ellos arrastraba un chaleco de fuerza. Ella abrió la puerta de su casa y por primera vez en treinta años salió al exterior. Corrió sin ropa por la calle. Poco costó alcanzarla y vestirla con el chaleco.

La llevaron a un hospital y la dejaron ahí. Milagros se acostumbró a esperar en la fila por la medicación. Luego se sentaba en la banca que estaba en el final del sendero flanqueado por madreselvas en llamas. Ahí miraba a la nada. No extrañaba su casa, amaba a ese rincón con sus árboles de papel glasé y las hormigas caminando a la velocidad del sonido.

Primavera transparente. Sol de jade tibio. Nubes de hule verde.

Un colibrí tornasolado comenzó a volar en derredor de Milagros. Pronto comenzaron a llegar más picaflores, hasta formar una bandada inconmensurable. Las aves la tomaron suavemente y con suma confianza se la llevaron volando hasta el horizonte para desaparecer detrás de el.

Se iniciaron pesquisas, se firmaron actas y hasta se formó un comité, pero fue infructuoso, Milagros no apareció. Nadie supo nunca nada más sobre ella.

Milagros se separó en átomos.

Auspician este cuento…

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