Hay algo que en Argentina se sigue repitiendo y se ha normalizado: que un paciente tenga que aprender a moverse dentro del sistema de salud como si fuera un trámite más de la vida, pero no es sólo un trámite.
Es su cuerpo, es su tiempo, y es su vida.
Nuestro País no tiene un sistema de salud, tiene tres: el público, el de las obras sociales y el privado.
Tres circuitos que no siempre se integran. Tres puertas de entrada distintas y tres formas de acceder o de quedarse afuera.
Y en el medio, siempre en el medio, el paciente.
Quien no tiene obra social entra al sistema público por la puerta más pesada: la de la burocracia.
Antes de hablar de su diagnóstico, tiene que demostrar que existe dentro del sistema: DNI, constancias de Negativas de Anses, derivaciones, sellos, turnos que se piden en un lugar y se autorizan en otro.
Como si los diagnósticos pudieran esperar a que todo esté en regla.
Entrar al sistema público sin obra social es, muchas veces, como caer en una partida de Jumanji.
No hay instrucciones claras, cada paso abre un obstáculo nuevo.
Ganará el que logre atravesarlo.
Y, sobre todo, el que sobrevive en el intento.
Si sos un paciente con obra social como OSEP, IOSFA, OSPRERA y cuantas otras… y necesitas estudios, medicamentos o prácticas puntuales, reza para que no sea un eterno carrusel.
Meses de espera para el turno en el que solo te hacen la orden.
De allí a la obra social a pedir autorización.
Autorización que tarda.
Y como vos sos prolij@ te anticipaste y para ese estudio sacaste un turno, pero, como al sistema de autorizaciones, le importa lo mismo que a mi marido le importa la trama de la novela Turca, el turno lo perdiste.
Y así, los diagnósticos, que no conocen de burocracia, avanzan.
¿Y quién se hace cargo de ese recorrido? Nadie.
Hospitales y clínicas con guardias saturadas, turnos que se dan a semanas o meses, pacientes que recorren instituciones como si fueran estaciones de un circuito sin mapa…
Equipos de salud que sostienen todo eso como pueden porque también hay que decirlo, el sistema no solo enferma a los pacientes, también rompe a quienes trabajan adentro.
Médicos agotados, administrativos desbordados y enfermeros que resisten.
Hace años, el gran René Favaloro ya lo había dicho.
No desde la teoría. Desde la experiencia.
Desde haber visto cómo la medicina se transformaba en otra cosa.
Denunció la corrupción, la burocracia, la falta de respuesta.
Denunció un sistema fragmentado donde la salud dejaba de ser prioridad.
Y lo dejaron solo.
Algo como lo que ahora, están haciendo con el Dr. Abel Albino.
Hoy, seguimos discutiendo lo mismo, pero con más pacientes esperando.
Y en paralelo, decisiones estructurales que se anuncian como si fueran soluciones mágicas. Programas preventivos desmantelados, cientos de roles fundamentales desvinculados, recursos que no alcanzan. Pero no es el problema que falten recursos únicamente.
Falta integración, decisión, y asumir que la fragmentación también es una forma de violencia.
Y mientras tanto, el paciente aprende.
Aprende a insistir, a reclamar, a entender siglas, a moverse entre ventanillas, a esperar. En otras palabras, aprende a sobrevivir.
Porque no todos los pacientes llegan tarde a su diagnóstico. El sistema llega tarde a ellos.
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